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sábado, 29 de octubre de 2011

The Beatles en Nuevitas.

¿Quién de mi generación no pasó ratos inolvidables disfrutando de la música de los Beatles? ¿Quién de mi generación no trató de demostrar que era el mejor bailador de twist con melodías nunca oídas como Twist and Shout, A Hard Day’s Night o Sgt Pepper ?. ¿Quién de mi generación casi no mata de asfixia a su novia con baladas como Yesterday o Michelle ?. Fue una increíble década preñada de excitante pasión por una música nunca antes producida ni interpretada, ni siquiera con el Rock and Rolls con un estallido de reclamos de cambios sociales protagonizados en Estados Unidos por el movimiento Hippie sobre protestas por la guerra en Viet Nam, los derechos civiles de los negros y el Amor Libre. Y precisamente en Cuba hemos estado importando el American Way of Life desde hace muchos años. De manera que añorar ceñirse unos jeans de la mejor marca, unos tennis US Kedds, una camiseta con la bandera de los Estados Unidos y largo el corte de pelo, no era algo ajeno al sentir de los adolescentes de mi edad en esa época.

Era un época marcada por un contrapunteo latente in crescendo de la dogmativa religiosa de mantener la castidad hasta el matrimonio y la práctica del sexo solo con fines de procreación frente a la teoría atrevida y alternativa del amor libre. ¿Recuerdan aquélla?

Recuerdo que mi pobre madre, una mujer de mucha rectitud moral y que conoció un solo varón en su vida: Casimiro, mi querido padre, decía: “…a dónde vamos a llegar, Dios mío, con este libertinaje? Y  sufría en silencio porque pensaba en lo que iban a enfrentar en el futuro su hijo varón, primogénito de ninguna herencia, yo; y mi hermana cuatro años menor, Esther de la Caridad, una chica entonces delgada, esbelta, de hermosa cabello lacio, grandes ojos pardos y labios gruesos sensuales. Yo la criticaba, a mi madre, mentalmente, por supuesto, no me atrevía entonces a enfrentarla cara a cara porque me soplaba unos manotazos por la espalda desnuda que picaban como la madre de los tomates, porque en mi conciencia de adolescente, rotunda y deliberadamente obsesionado en tener sexo de cualquier modo, aquella teoría eran cánticos de ángeles en mis oídos. Y me decía: “…cuanto antes se ponga en práctica, mejor para mí”. ¡Qué equivocado estaba!

Entre las prendas de vestir que se pusieron de moda eventualmente se hallaban los siempre presentes blues jeans, los lentes de armadura redonda a lo John Lennon, las camisetas con logo y las sandalias. Siempre me incliné por estas últimas porque me encantaban cómo se veían los pies de los pocos hombres que había visto usándolas y me parecían además, el mayor acto de protesta por mis deseos incontenibles por tener sexo, pues les daban a los que las usaban un distinguido toque de desenfado y de liberalidad; vaya…algo así como: “…si, tienen razón los que me véis, no  me importáis un carajo, joder “. De modo que, al no encontrarlas en ninguna parte, incluidas las tiendas que tenían tan poco por ese entonces, decidí hacerlas yo mismo. No bromeo. Cosidas y pegadas con una cola de zapateros que se perdía por tiempo y que creo es conocida como Baje. Utilicé una aguja de coser sacos de yute, cera de abejas y el primer material para las suelas y las correas que encontré a mano. Recuerdo que el mayor trabajo me lo dieron las hebillas y que cuando andaba con ellas, me molestaban las piedrecitas en las plantas de los pies. Por lo demás, el material de las correas era blanco, lo cual las hacía más llamativas hasta el punto que cuando me presenté calzándolas en la escuela secundaria el siguiente lunes a mi ímpetu de zapatero remendón, causé una mezcla de sensaciones disímiles entre el ridículo, la admiración de algunas isoterics girls del 9no. Grado y la medida disciplinaria de la dirección. Aún no había terminado de colocar mi trasero en el pupitre buscando con la mirada a Aracely Agüero, mi novia de siempre, cuando se escuchó la voz del profesor de Física, apellidado Guerra desde la puerta del aula: “!Jorge Arce, a la dirección!”. Seguido de un: UMHhhhhhhhhhhh como background que proporcionaron  mis compañeros mientras me apretaba el cinto, tragaba en seco y apretaba el culo dirigiéndome hacia la puerta de salida, seguido por una última mirada de Aracely que no estoy tan seguro ahora ni entonces, si era una mezcla de admiración, orgullo o lástima o una mezcla de todas.

Lo que sigue es de imaginarse; “…Usted cree, alumno, que su facha es la adecuada para presentarse en esta prestigiosa escuela ?”, espetó a quemarropa la directora que era una señora muy obesa, maestra de matemáticas en su tiempo, apenas estuve de pie delante de ella sentada a su escritorio. Recuerdo que mis primeros pensamientos entonces, cuando tuve la oportunidad de observarla desde un ángulo superior, debido a que no me invitó a tomar asiento, sino que me dejó de pie como castigo a mi atrevimiento, era cómo estaba cubierta de pliegues de grasa o salvavidas, como les dicen, desde el cuello hasta los tobillos; intersticios que aprovechaba el collar de falsas perlas que adornaba su cuello para desaparecer por momentos. Después de sacudir esos pensamientos irrespetuosos de mi tonta cabeza, me dediqué a pensar en lo mejor que podía contestar a aquella pregunta que había quedado casi congelada en el pequeño espacio que me separaba de la monumental directora. Ni corto ni perezoso y alentado por la obligación de oponer alguna resistencia (y que luego llegara a oídos de mis compañeros de clases para redimir el ridículo) al “poder omnipresente” de enviarme de castigo a la dirección – (era como  estar leproso), respondí lo que me vino a la mente, que no fue lo mejor, por cierto: “…y que tiene que ver, directora?”. Inmediatamente aquella me disparó:

¿Cómo que qué tiene que ver?”. Habrase visto mayor insolencia? Al escucharla me dije: “…la cagué!, ahora soy además insolente.” Y continuaba con otra andanada de exabruptos: “¿Cómo se atreve a contestar?, ¡Esto es divisionismo ideológico! Acabé suspendido, por supuesto y con carta para que alguno de mis padres se presentara ante la dirección antes de poder poner un pie en clases. Divisionismo ideológico era como una fórmula mágico-revolucionaria para justificar la libertad de pensamiento y expresión ajena a los dictados del gobierno revolucionario. Algo muy de moda entonces y con lo cual tuve que lidiar durante muchos años. Una arbitrariedad. Algo podrido. Algo sórdido. Maquiavélico, Fouchetista o Fidelista. Da igual. Era una lucha desigual entre los jóvenes y su natural deseo de vivir los tiempos que se remontaban las fronteras nacionales y que  no era otra cosa que persecución ideológica arropada de chovinismo, nacionalismo contra un enemigo representado por la música Rock, los Blue Jeans, la Iglesia, la Navidad, el idioma Inglés,  Los Reyes Magos y, por supuesto, The Beatles.

Mi padre era muy indulgente conmigo, en mi opinión. Generalmente toleraba todas las manifestaciones de mi personalidad y carácter que evidenciaban mi total apego e inclinación a comportarme como varón-macho. No le critico ni reprocho, eran los cánones de aquella época, los mismos con que fuera educado él. Generalmente me reprimía a regañadientes apremiado por los reproches de mi madre que constantemente le daba quejas de mis llegadas tarde a casa en las noches, porque sabía o imaginaba que mis tardanzas estaban relacionadas con mi incansable batallar por encontrar lo que buscaba sin pedírselo.

Pero mi madre era otra historia. Como ya he dicho, era muy estricta moral y religiosamente. Era una mujer “ama de su casa” (nunca trabajó en la calle), con un incesante andar buscando lo que estaba mal colocado o fuera de lugar. Limpiando, lavando o recogiendo cuanta porquería yo dejaba regada o la mierda de mi gata que era una perfecta cabrona y a veces se cagaba dentro de la casa y no en el patio. Trataba de inculcarme todos estos conceptos y principios en una contienda desigual contra un poder estatal extraordinario que influenciaba, a todo vapor, en cambiar a todos los jóvenes y convertirlos en el “Hombre del Siglo XXI”, separándolos de la autoridad paterna. Una batalla que perdió, por cierto, pero elegantemente, con todo honor. Ella aceptó a regañadientes mis inclinaciones “hippiescas”, menos el cabello largo. Decía, sin posibilidades de cuestionamiento, que “…el pelo largo lo usan las mujeres”. Me decía que lucía ridículo enfundado en mis ceñidos pantalones, claro, por mis piernas arqueadas, cosa que no escuchaba porque los adolescentes nunca escuchan, papás, nunca escuchan a menos que sean idiotas. Es natural.

Así, ataviado, junto a otros amigos de iguales sentimientos y comportamiento social en lo llamado gustos e inclinaciones, solíamos hacer lo que supuestamente debían hacer unos aprendices de hippies americanos como nosotros aunque no entendiéramos ni jota de derechos civiles, de la guerra de Viet Nam, de la libertad de credo o reunión y mucho menos de racismo, debido a que esta manifestación de discriminación estaba muy extendida en Nuevitas.

Solíamos reunirnos en casa de alguna chica que preparaba sus 15º. Cumpleaños con los populares ensayos del Vals, donde gozábamos con la música de moda excepto la de músicos censuro-perseguidos por el régimen que solo escuchábamos con mucho misterio encerrados en un cuarto de alguna casa de la familia de uno de nosotros o en el techo, pendientes de los hits de la FM 92 o BBC de Londres. Hasta que un viernes o sábado en la tarde-noche que nos agrupábamos alrededor de una pieza de cañon antiguo del Siglo XVII que adornaba la plazoleta el parque, donde nos poníamos a tararear en Inglés rudimentario y catastrófico, las mejores piezas de The Beatles; rodeados por los edificios del ayuntamiento, la escuela Aurelia Castillo, la Iglesia Católica, el gremio de los trabajadores Marítimos Portuarios ( que para entonces no era tal ) y las tres grandes y formidables Ceibas que flanqueaban el parque de la Glorieta para la banda musical, que no producían mucha sombra pero acababan con pisos y calles con sus raíces. ¡Ahhh, y olvidaba, el cine Bartholet !., cuando un camión militar, con toldo de lona, se detuvo bruscamente junto a nosotros y del que descendieron en loca carrera algunos uniformados de verde olivo y tres policías rodeándonos de manera amenazante y el que parecía el jefe espetó: “…! Arriba, todos ustedes, hagan una fila que les vamos a hacer la prueba del limón! ¿Qué era eso? Por supuesto que habíamos de esa prueba, pero hasta el momento no lo creíamos. Se trataba de hacer rodar un limón cimarrón desde el cinturón del pantalón hasta el zapato. Si no se conseguía, se asumía que el pantalón estaba muy ceñido para un hombre. Es uno de tantos episodios maquiavélicos del Fidelismo en su constante decapitación de los valores morales y cívicos de la democracia arropados bajo etiqueta de “Lucha de Clases” y “el Proletariado contra la ideología burguesa”. Si no se pasaba la prueba, te desprendían las costuras del pantalón hasta el tiro del mismo. Y encima de eso, te sentaban en un sillón improvisado encima del camión y donde un peluquero improvisado, armado de una rasuradora manual, te dejaba el moropo como un coco liso. Si te negabas a que te transformaran la cabeza en una bola de villar, eras clasificado como “Lumpem”,conducido hasta la estación de la policía a donde tus padres deberían recogerte con no se sabe qué consecuencias.

Con tan pocas opciones, decidí soportar la humillación y la vergüenza pública dado que un numeroso grupo de curiosos nos había rodeado para entonces y eso suponía que lo sabrían en todo Nuevitas en cuestión de horas. No aprobé el examen y suponen el final de este triste capítulo.

Decididamente ese momento me marcó indeleblemente. Nunca podré olvidar cómo mis lágrimas corrían por mis mejillas como muestra de impotencia ante el ultraje mientras un degenerado rasgaba mis queridos blues  jeans, de perneras estrechadas con mis propias manos. Aunque después, con el correr del tiempo y el despliegue avasallador de estrategias de comprometimiento, serví durante años en el ejército, o sea, al régimen, aquel triste episodio dejó sembrada en mi alma la semilla del descontento. Descontento que aún entonces estaba lejos de comprender en su esencia ideológica. Hay que razonar acerca de este hecho_que en modo alguno fue algo excepcional, individual o exclusivo de mi pequeño pueblo, sino conceptual, piramidal y planeado como campaña para contrarrestar cualquier incipiente germen de oposición.

Pero no solo eso, sino que para un adolescente como lo éramos entonces mis amigos de aquel infortunio momento y yo, aparecer en público con la cabeza rapada y vistiendo pantalones destrozados mostrando las piernas desnudas, no significaba un acto de fiera rebeldía como ocurriría hoy. Era un grupo de imberbes adolescentes que ni siquiera comprendían los motivos reales y estratégicos que motivaron tal violación, y que, por contraste, quedaban en el escenario público y escala de pequeño pueblo,  como  los muchachos que se atrevieron a desobedecer las normas de un gobierno revolucionario de liberación de la opresión y la dictadura; de un gobierno del pueblo y para el pueblo, el David vencedor del Goliat y enfrentado al poderoso enemigo del Norte que pretendía ponernos de rodillas y por eso nos estaba matando con el bloqueo.

Solo bajo este real, existente contexto-socio-político-cultural, podrá comprenderse por qué preferimos ser humillados a enfrentar las represalias de nuestros padres, autoridad que aún respetábamos por encima del poderoso enemigo estatal de la familia, y el desahucio público.

Jorge B. Arce

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