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martes, 24 de enero de 2012

La muerte de un viejo amigo.

¿Qué era un parque?

Si recorres la isla de Cuba desde su extremo más occidental, Pinar del Rio, hasta el más oriental, Baracoa, tomándote el trabajo de detenerse unos minutos en los pueblecitos que adornan las carreteras, obligatoriamente atravesarás si toma la carretera Central principalmente, que éstos poseen un diseño muy especial. Les llamamos parques y son espacios libres de construcción o estructuras, generalmente poblados de bancos de parques y arboles, principalmente Álamos, aunque no faltan otras especies como Ceibas, Flamboyanes y otros que ofrecen sombra al paseante que se sienta unos minutos a tomar el fresco en los días o noches más calurosas y posee el tiempo para hacerlo.

Estos parques generalmente poseen una construcción simple aprovisionada de techo abovedado soportado por columnas llamadas “glorietas”, sitio preferido en el pasado por músicos de la banda municipal _entonces en cada municipio había una_, que amenizaban los domingos de matinée interpretando danzones y danzas del pentagrama cubano. Estaba formada por instrumentos de viento mayormente, y podían encontrarse algunos de percusión y era dirigida por un director que conducía la banda por buenos caminos de interpretación.

Estas interpretaciones eran vistas de manera mandatoria, por las escuelas primarias que acudían al lugar conducidas por su claustro de maestros en días de festividades patrióticas relacionadas con nuestras guerras de independencia y nacimiento de la república en 1902, fundamentalmente y algunos estudiantes hacían algún manifiesto reproduciendo obras de la poesía cubana.

Nuevitas, mi pueblo natal, entonces era uno más de los 129 municipios que contaba con estos atributos cívicos y durante los años que marcaron mi adolescencia, ya esa glorieta estaba literalmente desactivada debido a que los actos “patrióticos” habían sido modificados en esencia y se “extirpaban” silenciosamente algunos vestigios de la etapa republicana o pseudorepublica, como le llamaban, para entronizar otros de corte socialista o europeísta. Los colores resplandecientes con que se adornaba la glorieta en su bóveda, columnas y petreles, desapareció y se cambió, malamente, por una lechada. De milagro no fueron demolidas como los frutales para sembrar la caña que produciría el azúcar que le compraría absolutamente toda al país la Unión Soviética en lugar de los Estados Unidos.

El parque de la iglesia o de la glorieta _el otro no tenía_ o del rincón Martiano o del cañón, estaba situado absorbiendo una gran parte de la “manzana” urbanística formadas por el entramado de las calles M. Gómez, J. Agüero, A. Arango y otra cuyo nombre no recuerdo porque todos les decíamos la calle de la iglesia, en referencia a que el costado Norte de esta institución se alargaba totalmente paralela a esta calle. Ocupaba la mayor parte de la manzana que compartía con un centro procesador de alimentos para escuelas primarias, la iglesia Católica y una escuela primaria. Al fondo, junto a un pequeño solar yermo fue construido un sitio de recordación de José Martí conocido como el Rincón Martiana.

En un pueblo como Nuevitas, visitar el parque, lugar de distracción, ocio y socialización era algo ordinario, normal, casi necesario debido a que había pocos lugares de distracción para adolescentes y jóvenes. De modo que si no había una fiesta popular callejera, o un ensayo de “quinces”, todos nos reuníamos allí por las noches a pasar el tiempo lo mejor posible. Se convertía en un lugar para conversar, enamorar y “apretar” por los novios a escondidas y cierta parte “reservada” para adultos muy mayores que no deseaban ser molestados por las “impertinencias” de los jóvenes.

Como los bancos para sentarse estaban situados a ambos lados de los corredores, si querías ver quién estaba en el otro extremo, te unías con uno o dos amigos a “dar una vuelta”, así le llamábamos, a completar un círculo completo del perímetro. De ese modo, en la medida que avanzabas por el circuito tenias la oportunidad de determinar si tu fuente de amor ilusorio estaba en el parque o no había llegado aún, pues la regla costumbrista era que las damas giraban en sentido contrario a los caballeros. Eso facilitaba las cosas, claro.

Escuela primaria de sexo.

El parque, por decirlo de algún modo, era el punto de socialización más importante entre jóvenes y adolescentes de ambos sexos. No existía otro lugar en Nuevitas de forma reconocida y publica que justificara los “encuentros casuales” de las parejas románticas. Era el sitio apropiado para que los adolescentes, burlando de cierta forma el control paterno, pudieran dar los primeros pasos amorosos, el primer toqueteo, besitos y apretones de senos y genitales, lo máximo que podría obtenerse en aquella época, pletórica de platonismo y de control.

El parque era el centro social más visitado y donde la gente se encontraba sin previa cita, como de casualidad. Recuerdo que había tres bancos en todo el parque_que debía tener como tres docenas_, que estaban distantes de las farolas que daban cierta luminosidad al lugar y que eran disputados por las parejitas para poder tener la oscuridad como un aliado reconocido y obvio. Era como la segunda parte de los primeros encuentros, el que justificaba que tú tocaras un poco más allá del codo o el hombro. Al abrigo de esas semipenumbras las manos comenzaban a descubrir sitios nunca antes explorados…si te lo permitían, bueno, en general lo hacían. Y entre caricia y caricia los “ánimos se iban caldeando y en el cerebro se reflejaba la imagen de la hilera de plantas sembradas muy juntas y que crecían hasta la altura de un hombre de estatura mediana y que formaban un inmejorable discreto sitio para aumentar el “curso de las investigaciones manuales”, que decididamente antes, habíamos conversado amigablemente entre bisoños y majaderos aprendices de sexo procaz e ideal para el desahogo genital masculino.

 No quiero exagerar, eso no era todo. También nos reuníamos para discutir sobre música, baile, pelota, los últimos éxitos de los Beatles…A veces nos poníamos de acuerdo para ir patinando y nos pasábamos un rato haciendo giros a gran velocidad para impresionar a nuestros futuras conquistas. Las sorprendíamos o…ella se hacía las sorprendidas y le rozábamos el cabello sin detenernos. Era una maniobra de acercamiento que casi siempre daba buenos resultados porque ya no había que argumentar nada con palabras cuando te dirigías directamente a ella. Solo preguntábamos:

_“No te molestó que te tocara el cabello, verdad?”. Y las demás palabras venían solitas, solitas.

En nuestro compinche parque solíamos planear nuestras próximas aventuras, juegos de pelota, pesquerías y maldades (léase majaderías propias de la adolescencia dirigidas a llamar la atención del otro sexo y como una forma “sana” de invertir el tiempo que tanto nos sobraba). Lo mismo nos deshacíamos en discusiones sobre en cuál de los terrenos circundantes al pueblo jugaríamos pelota, si cerca de la playa Cuatro Vientos, o la Colonia, donde había un buen espacio de arcilla blanca rodeada de salteadas matas de aroma o si en la playita del Carbón. O darnos un chapuzón y recoger ostiones de las rocas cercanas a la playa (en aquel entonces estos moluscos proliferaban por doquier; la polución causada por la humanidad no había aun interferido en su vida y desarrollo que tanto bien le propician a la propia gente). O bien competir para atravesar a nado el espacio existente entre las playas La Colonia y Santa Rita separadas por una pequeña ensenada de unos 1-1.5 kilómetros; jugar squash, ir en bici hasta el rio La Mula o el Saramahuacan…en fin, allí se proyectaban y se diseñaban esas excursiones al monte, cuevas, ríos y playas que eran los principales pasatiempos de aquel sano grupo de adolescentes y jóvenes por aquella época.

Sitio de reunión de todos.

El parque fue también un mudo testigo de las primeras detenciones de disidentes, _que entonces no se llamaban así, sino contrarrevolucionarios_, de religiosos y de homosexuales en mi pueblo. Recuerdo con nitidez que los homo tenían un banco “destinado” para ellos y sus risitas estrepitosas que adornaban sus conversaciones a distancia con el ánimo de llamar la atención a nuestro grupo que se mantenía a distancia “prudencial” para evitar “cualquier confusión de bando”, acompañada de unas miraditas de conquista que nosotros ripostábamos sacándoles la lengua, haciendo muecas y tocándonos los genitales con las manos, gesto que provocaban en ellos se “derritieran” literalmente en el banco y rodaran hasta el piso. Reconozco que algunos de nosotros se comportaban excesivamente despiadados con éstos y le hacían blanco de todo tipo de majaderías.

_ ¡Morrana, mariconsoooooooooónnnnnn!...

_ ¡Mula Ciega, mariconsoooooónnnnnnnn!...

Eran algunos de los epítetos que “adornaban” a estos muchachos, un poco mayorcitos que nosotros, más desarrolladitos, y que ni siquiera contestaban, limitándose a voltear y elevar un tanto la cabeza al mismo tiempo que entornaban los ojos hacia arriba, en forma despreciativa, un gesto propio de las mujeres cuando no les agrada un piropo.

Planeando volar solos.

_Oye, Jorge, ¿te vas a becar?

Me preguntaron una noche acalorada en el parque, pletórica de embustes que introducíamos a nuestro antojo cuando se cernía el aburrimiento en el banco. La pregunta derivaba del aciago y repetitivo tema del control paterno sobre nuestros actos: que si regresa temprano, que si no puedes quedarte después de las 10 en los bailes públicos, que dónde estabas hasta estas horas de la noche, que no vas a ir a ningún juego de pelota en Lugareño, que ninguna excursioncitas a cuevas, que ninguna pesquería en Pastelillo, que no puedes ponerte ese pantalón tan estrecho, que si tienes olor a cigarro, que si fulanita me dio quejas de que rompieron un vidrio de las ventanas jugando a la pelota en la calle frente a su casa…

_ ¿Becarme?, ¿Yo?, ¿y para estudiar qué?

_ ¡Cualquier cosa, chico!, ¡qué sé yo! En cuanto a mí, en el primer chance me beco y adiós el control de mis padres.

Había pronunciado tales palabras aquel amigo con una pasión tal que me puso a pensar. (~Realmente no se me había ocurrido antes~)

Como este intercambio de planes que, indudablemente traspasaban nuestro propio alcance de decisiones, eran algunas de las más importantes conversaciones en las cálidas noches parquesinas.

_ ¿Viste a Bertica en la escuela hoy?

_ ¿Bertica?, ¿qué Bertica? Me había preguntado alguien…

_La de los espejuelos bonitos de la Yuma, chico. ¡No te hagas bobo que todo el mundo sabe que está loquita por ti!

_Ella no está en el colegio. Respondí.

_ ¡Precisamente, viejo!, por eso te lo digo. Estaba dando vueltas durante mucho rato por la escuela y preguntando por ti.

Me aseguraba Malpica con desparpajo al mismo tiempo que se quedaba mirando a tres muchachas que juntas nos pasaban por delante en medio de la clásica “vuelta al parque”, mientras miraban hacia nuestro sitio cuchicheando por lo bajo en medio miradas de invitación, algo así como: “Mírennos, guanajos, ¿no ven que estamos preciosas mirándolos a ustedes y no nos dicen nada?”

_ ¡Armandito!

_ ¡Malpica!

Dijo una de ellas.

_ ¡Vaya, Malpica, vaya!, ¡No te puedes quejar!, ¡Tres, no una, tres para ti solito!...

Malpica, ruborizado como un tomate expuesto sobre un picador a punto de ser cortado en dos por un cuchillo afilado, se bajo del espaldar del banco donde estaba sentado (algo muy común y muy “macho” que teníamos acostumbrados a hacer mientras no nos sorprendía un inspector de áreas verdes), y se acercó a ellas como res hacia el matadero. Al regresar lo acosamos a preguntas:

_ ¿qué te dijeron, cuenta?

Malpica, el más avezado en Matemática, trataba de deshacerse del tenaz interrogatorio.

_Nada, que querían decirnos que iban a seguir dando vueltas.

_Bueno, ¿y eso a mí que me importa?

_No seas bobo, chico, es como una invitación para que las acompañemos en las vueltas.

_ ¿qué esperamos?

Y con situaciones como esa continuaba la tertulia.

_ ¡Gong!, ¡Gong!, ¡Gong!..(Hasta nueve campanazos del reloj de una de las torres de la iglesia. Era la hora que significaba que las muchachitas empezarían a “desfilar” hacia casita, era como el final de una buena película que uno no quiere que termine nunca. Para nosotros casi, pues el permiso de estar fuera era siempre hasta las 10 y contaba el regreso.

_Ufff, ya esto se empieza a congelar…lo mejor que hacemos es ir echando…

Así terminaba otra jornada parquesina más. Iniciábamos el movimiento de regreso a casa pero  antes nos deteníamos junto al gran cañón antiguo que presidía la plazoleta justamente frente al ayuntamiento y nos “metíamos” los últimos “paquetes” de la noche.

El cuentero.

En el parque, durante la noche, también se reunían otros persones más pintorescos. Había un hombre cincuentón del que no alcanzo a recordar su apodo (porque, déjenme aclarar que en Nuevitas todo el mundo casi nacía con un apodo. Llamémosle Gastón, para referirnos a ese recuerdo en esta historia. Era como  una bienvenida al barrio, era un pseudónimo callejero). Este sujeto era un verdadero narrador de historias e historietas. No le prestábamos mucha atención porque pensábamos que eran todo producto de su delirante cerebro. A mí me agradaba su aspecto físico porque no destilaba mal olor como otros solitarios del barrio. Tenía la piel cuidada y la cara marcada de acné juvenil mal cuidado y describía interesantes historias donde encajaba como un protagonista de cine. No puedo negar que hilvanaba sus historias a partir de nuestras preguntas, que por lo general significaban el pretexto con el cual rompíamos su soledad en el banco donde acostumbraba a tomar asiento.

En ocasiones se hacía acompañar por una mujer de su edad que vestía de forma llamativa, pero que no impedía que cuando pasábamos a su lado en nuestra “vuelta”, nos hiciera señas.

_Vengan, vengan, no hay problemas con la dama.

Aquella mujer debió ser una puta activa…o lo era;  su aspecto era revelador.

_ ¿Nunca han visto a una prostituta?

Fue el saludo de Gastón esa noche que se mostraba más eufórico de lo acostumbrado. Por supuesto que nos quedamos enmudecidos y no nos atrevíamos a mirar la cara de la Lady. Sin embargo ella sonreía como si estuvieran hablando de otra persona y me ocupé de “taladrar” con la mirada su exuberante escote que me permitía apreciar algo más de lo acostumbrado.

_Siéntense.

Había dicho Gastón sacándome de mi embrujo al mismo tiempo que lo maldecía porque me estaría saliendo de mi posición ventajosa justo frente a la mujer de senos lujuriosos cuyos pezones increíbles y erectos luchaban a brazo partido por salir al exterior y gozar también de una rica brisa marina que me acariciaba la espalda.

Durante los interminables relatos que iniciaba Gastón, ella solía bostezar discretamente y sonreía con la boca un tanto torcida y movía la cabeza afirmativa o negativamente de acuerdo a la narración. Sus piernas eran un poco delgadas para mi gusto, pero poseía buenos muslos y unas caderas impresionantes. Vestía con mal gusto y muy ceñido y el maquillaje era desproporcionado, devolviendo una mirada extraviada a las nuestras cargadas de lujuria incontenida que apenas nos permitía prestar atención. Gastón se daba cuenta de nuestro desinterés por su historia y de qué le robaba la atención de la sala y nos mandaba a seguir nuestro camino un poco jodido por el desplante.

_Largo, largo de aquí, patanes, vayan a pajearse detrás de las matas…

Nos marchábamos entre excusas a Gastón pero maldiciéndolo porque nos había privado del show.

El militar.

Otro de los personajes era un viejo militar que contaba relatos horripilantes de heridos con las tripas afuera o piernas cercenadas por disparos de gran calibre que había visto en la guerra de Corea como voluntario en el cuerpo de marines. En otro relato era un escolta de un comandante de la Sierra Maestra en la columna de Fidel y en otros navegaba en un acorazado del Navy. Nosotros imaginábamos que eran invenciones o copiadas de los Comics y que convertía en cuasi realidad propia arrastrado por planes frustrados o algo por el estilo, pero nos dejábamos llevar por sus relatos que contaba con animado estilo propiciando sonidos onomatopéyicos espectaculares nunca antes escuchados de garganta humana y cuando no seguíamos el relato con preguntas como…

_Y qué pasó con el capitán del barco…

Entonces se enojaba y vociferaba que no le estábamos prestando la atención respetuosa que se merecía un veterano de dos guerras. Lo cierto es que se las ingeniaba para desviar nuestra atención de los pechos y las piernas de las muchachas que pasaban a nuestro lado, con toda una suerte de sonidos de explosiones, ametralladoras, bayonetazos, caídas de aviones y gritos de dolor de los prisioneros que cargaba a su espalda para salvarles la vida. Lo que más me maravillaba de su elocuencia era la capacidad histriónica y su facilidad para hacer coherentes sus relatos y la concatenación del siguiente con el último de los escuchados de sus propios labios. ¿Cómo se las arreglaba para hilvanar las historias tan disímiles?...

Un día conocimos de su desaparición. Habíamos preguntado por él a otros que en ocasiones disfrutaban de su compañía en el parque y sólo pudieron darnos la dirección donde vivía, un humilde cuartucho en una cuartería cercana al puente de Tarafa. Hasta allí fuimos preguntando pero los vecinos nos dijeron que no sabían de él

El cañón del parque.

Ya me referido a él. Encima, a horcajadas, nos sentábamos después de las campanadas de las 9 para decirnos las últimas mentiras y las conquistas de chicas. Como los cuentos del veterano guerrero, nos convertíamos en sus imitadores narrando pequeñas e incoherentes historietas absurdas de escenas de sexo inventado por nuestras calenturientas mentes producto del inaguantable torrente de testosterona que circulaba a raudales por las arterias. Y yo contaba mi última conquista en Camagüey, en ocasión de haber ido con mis padres a visitar a un hermano de mi padre llamado Orlando que vivía en la calle Onda. Era  muy linda. Su padre tenía aspecto de rico empresario siquitrillado por la revolución pero que todavía tenía un increíble Cadillac negro Cola de Pato. Su nombre era Pochi. Una muchacha delgadita, de pelo lacio negro y cortado a la moda de una cantante italiana de entonces y que tenía su propia cámara fotográfica con la que nos hizo la primera foto donde yo aparezco rodeando el talle de mi chica con mi brazo; inusitado para la época. Y Abelardín me seguía y relataba otro contacto amoroso preñado de lujuria con cero detalles personales y con muchos detalles de revista porno. No me avergüenzo en absoluto de aquellas conversaciones donde siempre quedábamos muy bien parados como galanes de TV. Era muy importante alcanzar la cima del sexo desconocido aunque solo fuera en relatos imaginados pero compartidos que siempre eran perfeccionados en base a las críticas pero obvias preguntas que nos hacíamos entre todos. Relatos que a veces teníamos que interrumpir de súbito porque alguna de nuestras maestras que circulaba junto al gran cañón nos reconocía y se detenía momentáneamente a saludarnos y jodernos el cuento que después de la brusca interrupción ya no tenía igual sabor. Eran relatos llenos de fantasía que siempre cultivé y que me proporcionaban un sitio muy íntimo necesario a soportar algunas crisis que me deparaba la vida en su accidental curso.



Las ceibas.

No quiero rematar esta crónica sin referirme a un particular personajes del parque de Nuevitas: Tres viejas ceibas que debían contar algunos años de plantadas a juzgar por su frondosidad, justo al costado colindante con la calle Joaquín Agüero, la misma calle donde vivía Bárbaro O ‘Brian, el benefactor de nuestra placa de The Beatles.

No tengo nada en contra de estos árboles,, parientes cercanos del Embondero africano, pero ciertamente ofrecen más daño al sitio donde estaban plantadas que beneficios porque sus raíces destruían el pavimento y no ofrecían sombra excepto en algunas contada semanas antes de perder todas sus hojas. Sin embargo, el beneficio que mayormente prestaban era el de dar cobija a ciertas ofrendas religiosas de determinado grupo religioso en forma de pequeños envoltorios con cintas rojas como lazos, pollos negros muertos, cabezas de chivos sacrificados desangrados en medio de rituales paganos, cabezas de gallina, huevos, pescados…en fin, toda una alacena de alimentos con otros fines. Como chicos muy inquietos, nos dedicábamos a eliminar toda esa parafernalia sacándolas del lugar y arrojándolas a la basura, no por el acto lúdico, sino por desafiar a las leyes de la oscuridad que advierten que sufrirán los que toquen la brujería. Nos parábamos en la pierna izquierda y con la mano izquierda la tomábamos y la lanzábamos lejos. El asunto para romper el hechizo consistía en separar la brujería de las raíces de la ceiba que era q

Epílogo.

Al cabo de los años, cuando inevitablemente en mis visitas a Nuevitas, donde ya no residía desde 1968, frecuentaba el lugar y todo permanecía igual. Las tres ceibas estaban allí, más o menos del mismo tamaño, pero sus raíces habían destruido escalinatas, muros y calles; tal vez en venganza porque unos chicos traviesos e irrespetuosos del credo ajeno, se encargaban de imposibilitarles la bendición de su “sombra” a la fe de otros.

La glorieta sigue en pie, agrietada y con una mano de cal en lugar de pintura (es que el bloqueo imperialista no permite hacer pintura en Cuba porque no hay pigmentos). Los Álamos también están allí, mal recortados pero brindando sombra y complicidad a eventuales amantes (ya no es como antes; ellos no pierden el tiempo “calentándose” sentados en un banco de hormigón pudiendo meterse en una posada libre de prejuicios.)

 Tampoco da cobertura a historietas de combates navales. Ya no hay grupos de muchachas vestidas recatadamente, tomadas de la mano, dando una vuelta contrario al sentido de los muchachos, preocupadas por coquetearle al chico que aman en silencio y que es tabú declararle esa pasión.

No hay chicos revelando sus planes, ni ideando sus juegos o excursiones, ni metiéndose paquetes de mentira de forma generosa y mucho menos haciendo piruetas y malabares de destreza en sus patines de ocho ruedas de hierro a 10 km/h rozando el cabello de sus chicas preferidas.

 Y el cañón de bronce (no consigo comprender cómo no ha sido sustraído por los contrabandistas de metales), está en el mismo sitio, imperturbable, mostrando un desafío al tiempo, a los siglos. Quizás preguntándose por qué ahora no hay chicos mal hablados, mentirosos y mal pensados que no galopan sobre él en un franco desafío a las reglas de los inspectores de parques y áreas verdes, y lo han dejado solo. ¿Dónde estarán esos chicos voluntariosos?, ¿a dónde han ido?, ¿por qué no regresan?

Y ¿qué significado tiene un parque público sin las personas que lo disfrutan?, ¿qué demuestra su soledad?, ¿por qué los jóvenes no lo llenan de algarabía y desenfado los sábados y domingos sobre todo?, ¿qué demuestra su apacible soledad y desuso?

Recorrí con la mirada todas sus esquinas, bancos y arboles de pie junto a una de las escalinatas que le dan acceso. Solo vi esa soledad inexplicable.

 Observé el busto de Martí en el Rincón Martiano, la ausencia de ofrendas florales, ni siquiera una flor de Amapola solitaria; la fuente y el surtidor privados de agua y llenos de basura y de heces humanas junto a restos de papeles de periódico Granma usados sanitariamente. Eché andar mientras silbaba una tonada triste ♪♪♪ y me detuve frente a la entrada a la iglesia, descascarada, lúgubre, sucia, abandonada; con su mudo reloj viejo aliado de nuestros padres y sus patrones de conducta. Suspiré en silencio. Paradójicamente aquellas reglas que aborrecía las encuentro llenas de sabiduría maternal.

Tomé asiento en uno de los bancos donde acostumbrábamos a sentarnos mis amigos y yo y reviví aquellos tiernos momentos de mi vida llenos de inocencia y ansias de vivir. Pasaron, como por encanto, decenas de instantes felices y tristes. Sacudí la cabeza sin entusiasmo por la vida. Reparé de nuevo en el Rincón Martiano y pude ver con claridad uno de los finales a las paradas conmemorativas al 28 de enero, nacimiento de Martí. Me vi con mi camisa blanca, mis zapatos colegiales negros, mis pantalones cortos, sosteniendo una rosa para depositarla a los pies del Apóstol cuando llegara mi turno. No había ninguna pañoleta roja en mi cuello, solo una corbata negra con las iniciales del nombre de mi escuela. No hubo gritos de Patria o Muerte, ni loas al Socialismo y a Fidel. No hubo gritos de guerra o de odio contra el imperialismo, solo la presencia silenciosa de pequeños niños reconociendo al más claro pensador de los cubanos.

Regresé a la realidad. Dirigí una última mirada a mí alrededor y descubrí que mi parque estaba muriendo.

Jorge B. Arce






lunes, 23 de enero de 2012

De fantasmas y otros demonios.

Cerré el libro de mala gana. Mi madre me ordenó acostarme porque era tarde y…

_Mañana empiezas a dar vueltas en la cama cuando te llamo, se te hace tarde para el colegio y quieres irte sin desayunar… ¡a dormir!

Me estiré refunfuñando, ¡ay, Dios, cómo refunfuñaba cuando mi querida madre me obligaba a hacer lo que no  quería! Sabía que a ella le molestaba y por eso lo hacía una y otra vez. Lo recuerdo y no recuerdo haberle pedido perdón nunca por comportarme tan irrespetuosamente. Ahora, creo, que es un buen momento para hacerlo donde quiera que estés, mima.

Me calcé las chancletas y en short y sin camisa salí a la noche calurosa del patio de mi casa, apenas con 9 años de edad, supongo, andando en busca de la letrina que estaba al fondo o mejor, el macizo de plantas de plátanos fruta que estaban más cerca y donde proyectaba mi chorrito en la creencia que ayudaba con los problemas de la sequía y todo lo demás. Como la mitad superior de la pared del fondo de la cocina que limitaba al patio era de celosía de madera, permitía el paso de la claridad de las luces del interior hacia el mismo evitando que tuviera que encender la luz colocada en la propia letrina. No me daba miedo en absoluto, además, aunque no había mirado hacia atrás, sabía que ella observaba mi movimiento y me hacía sentir seguro.

En esos detalles pensaba mientras andaba y en las aventuras misteriosas del libro que había dejado a la mitad a los pies de mi cama, cuando un movimiento imperceptible en los plátanos hizo que se me pusiera la carne de gallina. Había algo allí y se movía, coño, había pensado. Quedé clavado literalmente a los fragmentos de losa que formaban una especie de trillo para evitar el lodo en tiempo de lluvia.



_ ¡Mima, hay algo malo en el patio!

 Gritando y saliendo disparado hacia la cocina fueron dos movimientos en uno. Entré y cerré la puerta de la cocina con un portazo que hizo que mi padre, medio dormido desde la cama, exclamara un exabrupto.

_A ver, ¿qué es, dónde?

Me preguntó nerviosa mi madre acercándose.

_ ¡Allá, allá, por los plátanos!

Ella, que miraba a través de la celosía por encima de mí, dijo:

_No hay nada, Jorgito, son los plátanos.

_ ¡Que no, que no!, ¡mira, mira ahora!

Al parecer, mi madre observó lo que yo y se dirigió a mi padre que sin dudas estaba despierto.

_Casi, ven, creo que debes venir.

Mi padre se levantó en calzoncillos, al hacerlo escuché el ruido característico que produce una hoja de acero cuando roza el piso; se trataba de un machete que siempre colocaba bajo la cama y que en aquel momento se hallaba empuñando. Salió al patio sin decir nada y avanzó recto hacia los plátanos, cortó un par de hojas y desde allá nos dijo:

_Miren a ver si decapité al fantasma que estaban viendo los dos.

Aunque había tratado de alcanzar a mi padre salí detrás de mi padre,  mi madre me lo  impidió. Sentí un alivio tremendo cuando le escuché y de inmediato dirigí mi mirada en todas direcciones tratando de hallar lo que había visto pero fue inútil.

_Claro, no podrás ver nada porque corté las hojas que se movía con la brisa y simulaban un movimiento fantasmagórico. Ya está, remedio santo.

Y habiendo dicho eso se volvió hacia la casa y le seguí todavía con mis dudas.Ya en el interior de la casa,  apareció el sermón acostumbrado.

_Eso te pasa por estar leyendo historietas de muertos y aparecidos.

Me dijo compulsivo con mi libro en sus manos.

Sin embargo y a pesar de esa lección de autocontrol que recibí de mi padre, admito que aunque es un poco turbador, disfruto de escalofríos, erizamientos y saltos en el sillón cuando veo una película de terror de buena factura filmográfica. Es un poco de morbo que llevo dentro. Por aquella época no me perdía las películas del Monstruo de la Laguna Negra, la verde o la que fuera, La invasión de los No muertos y otros de vampiros y fantasmas peligrosos.

_Oye, ¿han oído hablar del Resbaloso?

_ ¿Qué es eso, chico?

_Es un tipo o lo que sea, que se mete en las casas en cueros y cuando lo van a agarrar resbala y se escapa.

_ ¡Eso es mentira, viejo!

_Que no, que es verdad, que oí a un policía hoy diciéndole eso a mi papa mientras le tomaba una foto carnet.

esto había dicho Carlos y se refería a una conversación que escuchara en el estudio de su padre Luis.

Esta conversación ocurría en el portal de la casa de Carlos Font, donde acostumbrábamos a pasar un rato durante las noches antes del "toque de queda" de nuestros padres. Estábamos los de siempre: Carlos Font, el más joven; Angelín, Beni, el Negro, Abe y yo, por supuesto.

_Pero, ¿y qué hace?, ¿roba?, ¿mata?

_No sé, no sé, solo escuché eso.

Realmente el Resbaloso fue un acontecimiento real, era una especie aventajada de ladrón, algo así como un ladrón de "última generación",  que se embadurnaba el cuerpo con grasa y dificultaba asirlo si era sorprendido. No recuerdo si fue o no atrapado, creo que cuando no fue más noticia en el pueblo, desapareció o se “retiró”.

_ ¿Por dónde vivirá?

Había preguntado Carlos, que sin dudas estaba pensando lo mismo que todos los demás: La eventualidad de que pudiéramos estar amenazados por las fechorías del Resbaloso.

_Oye, ¿no será un fantasma de verdad?

_ ¿Quién va a creerse eso, viejoooooo?

_Los fantasmas no existen, caballeros, déjense de guanajerías. Y si los hay solo están en el cementerio, porque que yo sepa, no pueden estar moviéndose muy lejos de la tumba donde lo enterraron.

A esta afirmación del Negro, que era como le llamábamos a Roger, siguió un silencio reflexivo de algunos minutos. Como yo, seguro que todos estaban haciendo sus deducciones pero temían preguntar lo peor.

_Negro, según tú, los fantasmas viven en el cementerio. ¿También en el de aquí de Nuevitas?

_ ¿Ustedes creen en los fantasmas?

_Yo sí

_Y yo también. Además los he visto en casa de mi abuela.

Este fue Roger, que al parecer esa noche era el que tenía ganas de joder.

_ ¡Ahh, Ahh, mentira, paquetero!

_Estoy diciendo la verdad. ¿Quieren que les cuente?

_ ¡Siiiiiiiiiiiii!

Y Roger narró que una noche en casa de su abuela, por el barrio de Cantarrana, estaba solo sentado en la escalera trasera que descendía hasta el muelle donde amarraban los botes de pesca. Y Sintió que alguien le puso la mano en el hombro. Creyó que era su mamá pero le extrañó que no le dijera nada y cuando volvió la cabeza no había nadie. Se estremeció y salió corriendo dando gritos al interior de la casa donde sus familiares que estaban sentados en el lado opuesto, en el portal, conversaban tomando el fresco. No le creyeron ni jota pero no se atrevió a regresar al portalón del patio y mucho menos ponerse a pescar Curvinos a esa hora como acostumbraba a cada rato.

Nos quedamos con ganas de escuchar más, al menos yo, pero Roger se mostró hermético y visiblemente emocionado.

_Caballeros, esas son imaginaciones, son el producto de nuestra mente.

Quedé sorprendido yo mismo después de escucharme repetir lo que mi padre me había insinuado justo durante el episodio del patio, las sombras y las matas de plátanos.

_ ¿ehhh, y a éste qué le pasa?

_Sí, hombre, si Canilla es el más pendejo.

(Canilla era mi sobrenombre en alusión a mis hermosas piernas).

_ ¿ehhh, qué te pasa, coño?

Riposté enseguida tratando de defender mi honor herido de gravedad. No podía dejar pasar ese petardo porque se me quedaba lo de pendejo y en un grupo de niños eso es igual a tener que demostrar que no lo es a golpes de puños todos los días.

El Negro intercedió entre nosotros antes de que la sangre llegara al rio.

_Déjense de guapería barata los dos. Lo que tienen que hacer es demostrar su valor acompañándome al cementerio una noche de luna llena.

Aquello le puso la tapa al pomo.

_ ¿qué tú dices, Negro?

_Digo que la única forma de probar que existen o no es yendo al lugar donde todo el mundo piensa que deben estar los muertos aparecidos. Eso digo. Pero comprendo que hacen falta cojones.

_El Negro tiene razón. Si somos hombres vamos al cementerio y comprobarlo.

Era Beni, Benigno quien apoyaba al Negro en su tesis.

_Si, vamos a hacerlo. Mi abuela dice que los fantasmas son almas ambulantes que no se fueron al cielo porque dejaron algo pendiente por terminar cuando murieron y se quedan gimiendo y maldiciendo tratando de terminarlas porque si no lo hacen no pueden elevarse eternamente.

Aquella definición cuasi-académica para 10 años nos cerró la boca a todos. Quedamos pensando que la conversación no conducía a nada bueno. Me entraron ganas de irme y poner tierra por medio, pero no sabía cómo urdir una retirada honorable y ansiaba porque la voz de Orlinda, mi madre, sonara en la noche llamándome desde lo alto del portal de mi casa a pocos metros de donde estábamos. Pueden adivinarlo, aquella noche mi madre no me llamó.

Realmente Beni se mostró muy conocedor del asunto. No tenía que esforzarse mucho para que le creyéramos, era un líder nato. Y en el caso de nuestro grupo de niños traviesos, mantenía esa posición desde que demostró ser el mejor bateador y atrapador de lances en primera base (jugando baseball).

_Lo que necesitamos de inmediato es conocer cuándo hay luna llena, porque es requisito para que salgan las almas en pena.

Carlos salió disparado hacia el interior de su casa y regresó "chillando gomas" con un calendario en la mano. El Negro lo tomó en sus manos y gritó:

_ ¡Mañana!

Confieso que se desató un febril entusiasmo como si todos tuviéramos puestos conitos de cumpleaños en la cabeza y cake en las manos, listos para abalanzarnos sobre la piñata. De repente desaparecieron las tensiones disparadas por el temor a los fantasmas y nos pusimos a planear cómo, cuándo y dónde.

_ ¿Qué aspecto tienen los fantasmas?

_ ¿En qué parte del cementerio?

Las preguntas llovieron y nadie contestaba nada coherente.

_ ¡Dejen las guanajadas, caballeros, los fantasmas se ven igual que en las películas, ¿de qué otra forma?

_ ¡Tengo una idea, caballeros!

Fue Abelardín quien lo proclamó.

_ ¡Vayamos con un crucifijo en la mano!

_ ¡Ayyy, Ayyy, chico, no seas bruto, eso es para los vampiros como Drácula!

_ ¿No? ¿Y no es lo mismo un fantasma que un vampiro?

Aquello fue interminable, para qué aburrirlos. Las cosas terminaron cuando empezaron nuestras madres a llamarnos.

_ ¡Hey!, a todos, mañana nos reunimos aquí a las 7 con linternas y sogas y un silbato.

Fue la orden del líder.

No pude dormir tranquilo. Un montón de veces me desperté con pesadillas aterradoras y en todas, los muertos me halaban de los pies. ~Coño, pensé al despertarme; pasa igual que en las películas. Los muchachos tenían razón~

A la siguiente noche todos estábamos allí como soldados en pase de lista y equipados con lo que pudimos conseguir.

_Tenemos que apurarnos.

Dijo el Negro.

_Beni tuvo que ir a casa de sus abuelos porque su papá lo mandó, pero se encontrará con nosotros allá. Yo también me reuniré con ustedes allá porque tengo que ir a un mandado. No se preocupen, vayan caminando que los alcanzo en la bicicleta de mi hermano antes de que lleguen.

_Y ¿qué hacemos, Negro?

_Lo que tienen que hacer es ir por la parte trasera donde el muro está partido y derrumbado. Hay una matica grandecita que está allí mismo. Se agarran de la mata y brincan adentro. Por la puerta no se puede entrar.

_Pero, ¿por qué si siempre está abierta?

_Ahh, porque por la noche le ponen candado a la reja, boboooo. ¿Cómo la van a dejar abierta?

_es verdad…

Echamos inventario a nuestros instrumentos de enfrentamiento a los fantasmas:

Crucifijos, dos internas, fósforos, dos tramos de soga que se utilizaban en tendederas por nuestras madres, un silbato de policía, una sevillana, un cuchillo de carnicero, un frasco de mercuro cromo, esparadrapo y papel y lápiz para escribir el último adiós a nuestras familias, había dicho Abe.

Con mucha seriedad escribimos nuestros nombres y deseos por si no regresábamos de nuestra guerra y decidimos dejarlo en la cámara fotográfica que Font  más utilizaba a fin de que lo hallara mañana si no regresábamos de nuestro peligroso raid a lo siniestro.

_Oigan, ustedes se olvidan de algo…

Repuse con cierta duda.

_ ¿qué pasa ahora, Jorge?

_Nada, que si nos tardamos, cómo le vamos a explicar a nuestros padres dónde estábamos?

_Ay, chico, miren a éste: Va a arriesgar su vida y pensando en llegar tarde o temprano… !no jodas!

_Está bien, por si o por no, le diré a mi mamá que voy con Carlos a casa de su abuela Malvina y que Wichy nos acompaña. Así, si tardo, como vive lejos no se preocupará. Caballeros, lo que quiero es que no me castiguen a no poder jugar pelota…

Pensaba que Malvina tenía teléfono, pero en mi casa no y mi madre no iría a casa de nadie a molestar. Coartada infantil.

Al fin salimos Agramonte abajo hacia el cementerio. Hablamos bastante poco por el camino porque nos movíamos a "paso reforzado". Al llegar, en lugar de ascender la cuesta hacia la entrada del cementerio, seguimos por la cuneta derecha de la carretera hacia Camaguey y subimos la lomita a la altura del fondo del camposanto. Hicimos lo planeado y saltamos el muro por el sitio que el Negro nos indicó. Una vez dentro, nos movimos lentamente entre las cruces y las tumbas hechas a ras de tierra; aún no habíamos llegado a los panteones.

_ ¡No enciendan linternas!, no hacen falta, miren que claro está.

Ciertamente, la luna, aunque no estaba en plena madurez de Luna Llena, dejaba caer mucha claridad y permitía que avanzáramos sin dar tropezones.

_ ¿A dónde vamos, caballeros?

Susurré a Abe que iba delante.

_Vamos hasta la capilla, allí podemos estar a la sombra de la luna. Me dijeron que tratáramos de colocarnos a la sombra pero no sé por qué.

_ ¿…?

Seguimos avanzando agazapados, como en la guerra, con la cabeza baja para evitar los disparos.

_ ¡Coñoooo!, se fue la luna.

Efectivamente, una gran nube había cubierto parte del cielo entre nosotros y la luna, y la oscuridad se adueñó del cementerio dejándonos a nosotros como “agua pa’ chocolate”.

_ ¡Agáchense, agáchense!, allá hay una luz que se mueve.

Nos tiramos al suelo de rodillas y nos quedamos más quietos que si estuviéramos congelados.

_ ¡Ay, mi madre!,

Dijo Carlos.

_ ¡Shhhhhhh!

_Parece que es el celador del cementerio porque se ve en la puerta, seguro que está cerrando porque es temprano…

_ ¿Qué temprano ni temprano, coño?,  son como las 8 y media.

_Sioooó, si nos cogen estamos en tremendo lio…

En ese momento nos dimos cuenta que penetrar a esa hora en el cementerio nos podría convertir en ladrones de tumbas.

Por unos minutos, tan largos como años, entre el aire fresco de la noche y los mármoles de las lápidas, el temor al celador del cementerio fue apagándose por los pegajosos pensamientos hijos de nuestra débil y fértil imaginación donde unas manos despellejadas y malolientes salían de la tierra y se aferraban a nuestras piernas y nos alaban hacia abajo, hacia las tumbas. Estábamos agazapados, uno detrás del otro y como por encanto estos pensamientos, que evidentemente eran la primera ocupación de todos, nos fue aproximando cada vez más hasta unir nuestro cuerpos en busca de protección ante lo sobrenatural. A estos cementeriales comentarios, no me abandonaba la preocupación que me aturdía tanto como los jodidos fantasmas: Para esta hora, como tenía costumbre, mi madre salía al portal y echaba un vistazo en derredor, buscándome, y aunque le había hecho la historia de la abuela de Carlos, sabía por sus ojos, que no me había creído. Así que, sin "tragarse" el paquete, seguramente estaría haciendo sus indagaciones para "descubrir" qué se traía Jorge entre manos con sus historietas e invenciones. Me conocía y sabía que era mentiroso por deporte.

Allí estábamos con nuestras linternas apagadas y viendo como las nubes se desplazaban rápidamente impulsadas por el viento, mostrando intermitentemente el plácido satélite de la Tierra. A nuestra derecha la cuesta donde estaba construido el camposanto, bajaba, atravesaba la carretera que une a Nuevitas con Camagüey y se elevaba hacia la entrada de la playa Cuatro Vientos. A nuestra izquierda se elevaba, atravesaba la tapia del cementerio y se perdía hasta su máxima elevación interrumpida a veces por unas amarillentas luces provenientes de las casas. Hacia nuestro frente, pasando por una gran cantidad de panteones y lápidas con angelitos y cruces cristianas, la capilla y la puerta principal. Hacia atrás, la suave bajada y las cruces aisladas cercanas al sitio por donde penetramos.

Admito que estaba casi aterrado, al borde de ponerme de pie y salir disparado hacia la puerta dejando a todos embarcados. Solo la respiración entrecortada de Carlos golpeándome la nuca, me sostenía allí. Pensaba: ~ ¿qué va a ocurrir ahora?~.

_ ¿Qué va a ocurrir ahora?

Preguntó Abe después de sustraerme mis propios pensamientos.

_ Tú eres el que sabes, coño. Después del embarque del Negro y Beni estamos aquí muy jodidos.

Dije con el peso de una tonelada y media de reproches.

_ ¿Ahora lo dices, cabrón?

_ ¡Cállense, coño!

Los ánimos estaban caldeados y en aquella incómoda posición no podíamos continuar por más tiempo.

_ ¡Vámonos de aquí, caballeros, esto es mierda!

Dijo Carlos haciendo ademán de ponerse de pie.

_ ¡Shhhhhhh!, creo que vi algo.

Ese era mi problema ¿Qué podría verse en esta oscuridad solo y parcialmente por la luna que se afanaba por desaparecer y aparecer? El hecho era que no tenía idea de lo que podría ver, del peligro, de lo desconocido.

_ Yo me quiero ir, caballeros…

Gimió Carlos.

_ ¡Ayyy, coño me cogieron un pie!, ¡Ayyy!

Susurré en casi un gemido al sentir que me apretaba el tobillo izquierdo.

_ ¡Cállate, soy yo!

_ ¡Shhhhhhh, coño!

Desde la puerta principal, inequívocamente un haz de luz de linterna se movió en nuestra dirección.

_ Tenemos que movernos hacia la capilla para escondernos allí antes de que llegue el celador, vamos.

Nos movimos rápido pero en silencio hacia la capilla que nos quedaba muy cerca. Empujamos la puerta entreabierta que chirrió lastimeramente, como era de esperar.

_ ¡Shhhhhhh!

_ ¡es la puerta,  chico, no jodas!

Nadie se atrevía a entrar.

_Vamos, entren...

_ ¡Mierda, entra tú!

Miré hacia la dirección de la puerta y vi la luz aproximándose. Me decidí y me deslicé hacia dentro; tropecé con algo que me dejó en shock porque los golpes en la tibia son muy dolorosos y las mías no fueron bien despachadas con carne.

Los demás me siguieron adentro. Nos manteníamos juntos todavía.

_Oigan, hay algo allí….

_Son tarecos, chico...

Encendí mi linterna y manteniendo bajo el haz de luz, lo paseé por el sitio. Solo había dos mesas de cemento alargadas, cubos, guantes, palas, picos, botellas con líquidos y otros irreconocibles. Había unos ataúdes muy destrozados recostados a una de las paredes. Nos quedamos en silencio con los huevos rozándonos la campanilla.

Conseguimos a entrecerrar las dos hojas de la puerta de entrada dejando un filo para mirar hacia afuera. No se escuchaba ni veía nada. Los tres mirábamos al mismo tiempo hacia afuera pensando en cómo íbamos a salir de allí.

_ ¡Se acerca la luz!, ¡échense pa’ tras!

Retrocedimos hacia una de las paredes cerca de los ataúdes destruidos y nos quedamos cagados mirando hacia la puerta y escuchando nítidamente dos sonidos al unísono: el retumbar del corazón y el castañear de los dientes…

De pronto las dos hojas de la puerta se abrieron bruscamente y el quejido de las bisagras oxidadas retumbó en mi cerebro taladrándolo hasta el cuello. Algo que rozaba el marco superior apareció en forma fantasmal y en medio de la puerta. Era algo, como una figura humana pero más alta; con un resplandor tenue en su centro que permitía descubrir como dos enormes y largos brazos pero no humanos que no sintonizaban con el resto. Se movían desde abajo a arriba, casi paralelos y encima del resplandor central algo muy oscuro y redondo con muchos apéndices colgantes como cabeza de Medusa nos dejó literalmente petrificados.

Me levanté y corrí hacia un agujero pequeño, junto al piso de una de las paredes del fondo. Me raspé las rodillas y los codos con la pared y el piso por la velocidad con que me deslicé por el agujero.

No recuerdo si fui el primero, pero cuando me puse de pie en el exterior, solo se me ocurrió correr en dirección contraria a la cosa aquella, sin rumbo fijo y entre angelitos, cruces y panteones sin mirar hacia atrás. Tomé un sendero paralelo a una pared con gavetas para colocar ataúdes y me detuve solo cuando la tapia del cementerio me impidió continuar.

_~ Y ahora, ¿qué hago?~

Pensé y decidí seguir paralelo al muro pensando que me llevaría sin dudas al lugar por donde habíamos entrado.

Efectivamente, lo encontré salté fuera y seguí lo más rápido que pude hasta el talud de la carretera y ya en ella, corrí hacia la entrada del pueblo. Bajo un poste de la luz me detuve sin aliento y creo que con el pantalón mojado y no de agua.

Unos minutos después, cuando logré respirar con facilidad, me entraron los remordimientos por haber abandonado a Abe y a Carlos. Miraba hacia la entrada del cementerio con la esperanza cifrada en que no les hubiera ocurrido nada a mis amigos, pero contento de que estaba allí con apenas unos magullones y rasponazos en codos y rodillas.

Me sequé el sudor de la frente con las mangas de mi camisa y pude ver que una figura se acercaba a la intersección descendiendo desde el cementerio. Cuando estuvieron más cerca comprobé que eran varios y empecé a identificar sus voces y palabras.

_ ¡Coño!, ¿esa no es la voz del Negro?

Escuché una carcajada seguida de otras menos entusiastas. Uno reía sin parar.

_ ¡Hijo de puta!

Aquella era la voz de Carlos pero en un tono entre encabronado y contento.

Cuando el grupo estuvo más cerca alcanzaron a distinguirme junto al poste de la luz.

_ ¡Mira quién está allá!

_ ¡Cómo corrió Canilla!, ¡Coñooooooó!

_ ¡No sé cómo cupo por el hueco de la pared!

_ ¡Si no es por el poste de la luz llega corriendo a la Punta del Guincho!

_ ¡Canilla, pendejón!

Y yo estaba en medio del coro de mis socios como punto de bonche. Me estaban despalillando en vida y a pesar de que había más gente con los pantalones cagados en el cementerio, me tocaba a mí por haber puesto pies en polvorosa. Era inaceptable e injusto, pensaba.

Mi mente empezó a atar los cabos. La aparición era un ardid de los cabrones de Beni y Negro, que se mostraron tan confiados y valerosos por la aventura al cementerio y que además, fueron los inventores. Su ausencia de la salida y de toda la aventura, los convertían en los sospechosos de mover las cuerdas detrás del escenario. Ellos eran los que inventaron la aparición. Después me lo contaron. Era un maniquí improvisado con una sabana vieja, un candil de ferrocarril dentro de un saco blanco de harina; todo alzado con un esqueleto de varas de rascabarriga con una “cabeza” formada por una yerba de alimentar ganado que le dicen “tumba viejos”.

La ira por la frustración y el engaño del que había sido víctima, sucedió al miedo que hasta hacia muy poco señoreaba mi mente. Y antes de que me ocurriera lo peor, tomé por la calle Agramonte hacia mi casa cagándome en silencio en la madre de cada uno de ellos. El encabronamiento se me quito al otro dia y todo volvió a ser como antes.

Una vez más la verdad se había impuesto a las especulaciones y a la autosugestión que era el método que inconscientemente nos había producido ese medio ancestral a los fantasmas.

Jorge B. Arce