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sábado, 2 de junio de 2012

El adolescente, ni adulto, ni niño; qué es ?


El adolescente, ni adulto, ni niño: qué es?

Desde hace muchos años-primero solía escuchar a mi abuela Cachita (epd), dictarlo como sentencia por un juez: “…más sabe el diablo por viejo que por diablo”. sobre todo en aquellas ocasiones en que mostraba mi admiración ante algo que ella había hecho guiada por su astucia e inteligencia personal no cultivada. Mi padre solía decirlo también en ocasiones semejantes, o sea, al recibir alguna muestra de reconocimiento por alguna hábil solución de cualquier asunto y a otras personas que por razones de peinar canas, se mostraban inclinadas a ofrecerme gratis una lección de agudeza.

En Cuba y en otros países de Las Antillas es un refrán común que engrosa el capital cultural de la conducta popular. Y no está de más, resulta sabio, muy sabio. En mi opinión resumen un hecho definitivamente inalterable: La sabiduría humana se consigue viviendo. Esta hipótesis indica un axioma algebraico: Mientras más larga es la vida del hombre, mas sabiduría almacena en su conciencia. Por supuesto, salvo las obligadas excepciones que no vienen al caso.

Reflexionen. En general es gratificante conversar sobre cualquier cosa con un anciano. Casi siempre nos despedimos degustando una enseñanza, un consejo, una moraleja o al menos un tema para reflexionar, todo lo cual es enriquecedor del espíritu.

Es así que creo que es inteligente, conveniente y reconocedor, prestarle atención a las palabras de las personas mayores. Si, ya sé que en los primeros años de la vida menospreciamos sus advertencias o consejos. Nos solíamos comportar irreverentemente y decirnos para nuestro adentro: (“…qué mierda va a saber de música el viejo este?”). ¡…!

¡Cuán estúpido razonaba yo cuando algunos de mis mayores intentaban orientar mis decisiones por buen camino! ¡Cuánta pedantería! Ahora lo comprendo, muchos, muchos anos después. Es triste pero es el precio a pagar por la sabiduría.

Infancia y adolescencia.

Durante la infancia nos dejamos arrastrar por las opiniones de otros, familiares o no, quienes nos conducen de la mano ayudándonos a sortear los obstáculos del camino.

 En la adolescencia las cosas fueron distintas. Desde el rudimentario conocimiento del sexo, de la admiración por las dotes femeninas, por el intenso arcoíris de sentimientos y de pasiones que desatan estos conceptos y el intenso deseo de hacerlo todo por sobresalir como una especie de campeón en algo y atraer así la atención de aquella muchacha rubia de grandes ojos color miel. Recién acaba de nacer un individuo nuevo dentro de ti que se va proponiendo trazar un camino distinto a los demás, hacerse sin igual. Al niño le agradaba trepar a las lomas, subir a los arboles, explorar cuevas, buscar restos de antiguas civilizaciones, achicharrarse pescando bajo el sol implacable del eterno verano cubano, capturar cangrejos bajo el agua, remar, nadar, retozar con los demás fiñes armados de rifles de juguete; patinar, lanzar al interior de la casa de una mujer indefensa bolsas con ranas vivas dentro; patinar lomas abajo; aldabonear e huir a las puertas de las casas vecinas del barrio; cazar fantasmas en el cementerio; jugar a las canicas, cazar pájaros, robar mangos, leer cuentos e historias de caballería, jugar con soldaditos; chillar con un “…ya voy” irrespetuoso a los llamados de la madre ordenando que subas a tomar una ducha; colocarse pedazos de espejos rotos en los cordones de los zapatos para “espiar” la ropa interior bajo las faldas de tus compañeras de aula…

Desde que las composiciones químicas de tu organismo empiezan a transformar el niño en un ejemplar varón reproductivo, las cosas cambian. A estos “aldabonazos” llamados el desarrollo físico, ni amarrado me calzaba los patines y me unía al trencito que formaban un grupo de chicos en patines loma abajo, en cuclillas, unos tras otro sujetos por los hombros o la cintura, si ya mi corazón saltaba dentro del pecho cuando aparecía aquella preciosa niña de grandes ojos pardos y pechos turgentes que pugnaban por la prisión del corpiño de satín bajo la blusa blanca escolar. Copiar con destreza aquellos corte de cabello de los galanes de novela o los cantantes de moda como Elvis; batallar contra mi madre que se oponía a que me pusiera los jeans ceñidos escuchado el eco del movimiento hippie de Estados Unidos; la incansable, agotadora y demasiadas veces infructuosa búsqueda de revistas porno como estimulante visual para “exploraciones sexuales primitivas”; participación activa en todo tipo de actividades recreativas, deportivas, manuales y de artes plásticas como vía para sobresalir y lograr la atención femenina; conducta indolente y hasta cierto punto irrespetuosa hacia las reglas disciplinarias de conducta moral y cívica; conducta de holgazán y de picardía ante ciertos trabajos colectivos de embellecimiento del colegio mostrando desapego y poca importancia por considerarlo cosas de chiquillos; repetición de conducta y actitudes poco razonables en los lugares públicos donde existía una fuente de peligro como en la vía publica, en el mar o en deportes agresivos y de riesgo; actitudes de intransigencia durante los debates sobre ciertos temas de estudio.

Me traía buenos resultados en mis conquistas mostrarme melancólico, triste, taciturno. Llamaba la atención de las chicas por su romanticismo exagerado, como aquella pose que tantas veces practique recostado solitario a la entrada de un bar de esquina cercano a la ventana de la casa de la chica pretendida, con trasfondo de algún bolearon de moda de Contreras, una balada de Lennon. Después de esos esquinazos, era casi seguro que al dia siguiente en la escuela, durante el receso, la chica tropezara casualmente conmigo e iniciara la conversación con aquello de: “…eh, pero tú eras el que estaba ayer en la esquina de la casa….”, bla, bla y lo siguiente era mi parte. Era la “entrada”, loco…

En fin, toda una suerte de actitudes preconcebidas con rasgos de desinterés personal y de abandono hacia las obligaciones era lo que les encantaba a la mayor parte de las chicas. No a todas…

En mi caso, la adolescencia transcurrió en una peregrinación constante de un extremo a otro. Tan pronto me comportaba como un estudiante brillante en varias disciplinas de estudio, que en un estudiante indisciplinado y poco estudioso. Me debatí entre la aplicación por las Letras_odiaba las Matemáticas_ o convertirme en una estrella del deporte. No importaba que mi padre, con amplios conocimientos de baseball, me aconsejara que mi somato tipo no se correspondía con el debido para un atleta de marca mayor. Se enfrentaba a mi Ego sobreponiéndose ante la sensatez:

_”No importa, jugaré segunda base, no campo corte, posición en la que no se requiere ser un bateador de fuerza.”

Pero era mal bateador en general; muñecas débiles, brazos largos y delgados poco musculosos…Brrr, no podía conectar con facilidad. Incompatible con el bateo. Pero aún así, insistía.

Esta etapa en la vida del ser humano es la más difícil aunque algunos defiendan la hipótesis de que adulto el hombre se enfrenta, desde todos los ángulos, a las consecuencias de sus actos lo que para algunos se convierten en tragedia. Pero yo no pienso así. A pesar de esa defensa creo que el adulto posee, por muy pobre que pueda ser, de un archivo mental de conceptos que le auxilia en el momento de decidir algo de capital importancia. El adolescente no. Es tan independiente de propósito; necesita tanto sentir que no está obligado por sus padres que consecuentemente trata de demostrarlo con hechos y palabras. Es el mayor peligro y amenaza que enfrenta el adolescente. Las facultades físicas se han adelantado a las cognoscitivas y ese desbalance de desarrollo de la personalidad es el mayor enemigo. El adolescente transita, literalmente, por el borde de un abismo.

Los nuevos hallazgos en sí mismos lo inducen a experimentar continuamente. Se inclina a lo que le agrada y al mismo tiempo siente la presión de otras fuerzas que son “contrarias” a esas pasiones y…se rebela continuamente. No quiere aceptar las reglas que reprimen sus pasiones y sus impulsos.

Durante el verano acostumbrábamos un reducido grupo de amigos desde la infancia, a irnos hasta un balneario muy cercano a Nuevitas, la playa Cuatro Vientos o la Colonia, un ex club privado convertido en playa pública gracias a las nacionalizaciones de la propiedad privada practicada por la revolución de Fidel. Como nosotros, las muchachas también acudían con sus inseparables chaperones, que a la usanza de la época, no perdían ni pie ni pisada a sus protegidas sentadas, abrigadas del fuerte sol, bajo unos frondosos árboles que rodeaban los incontables bancos que rodeaban la pista de baile o las aguas cercanas a la orilla del mar, oteando, como verdaderos vigías desde atalayas, al “enemigo” con pantalones cortos que se acercasen a los cuerpos de jovencitas que disfrutaban de las olas refrescantes.

Nosotros improvisábamos u  juego de pases de balón para introducirnos “accidentalmente” entre el grupito de chiquillas y pasarles el mensaje que sirviera para burlar la vigilancia, en el caso de que hubieras sido favorecido previamente_, y en el resto, hacer lo indecible para llamar la atención de las demás sobre nuestras habilidades encima y por debajo de la superficie. Las chicas reían de lo lindo con nuestras piruetas pero no podían participar, PROHIBIDO.

A alguien se le ocurrió saltar de cabeza al agua desde los techos de las casetas de cambio de ropas, alineadas sobre una plataforma de hormigón muy cerca de la orilla. El salto era peligroso en sí mismo, pues imperaba el riesgo de golpearse contra las rocas del fondo por debajo de la superficie de escasa profundidad.

Subió el primero y se lanzó y eso era suficiente para que los demás nos sintiéramos obligados a seguirlo; era un desafío y un disparate también. Pero qué hacer, eran los tiempos.

Roger, al que llamábamos El Negro aunque era blanco de piel, fue el segundo. Fingidamente poníamos nuestra atención en la entrada al agua para copiar la misma del victorioso predecesor y había que hacerlo pronto, pues el de seguridad aparecería en cualquier momento solicitado por alguna de las chaperonas evitando una desgracia fatal.

Ya encima de los techos, le pedía a Dios de todo corazón, que hiciera lo posible por impedir mi salto, como que lloviera o tronara o algo. Mi turno estaba al llegar. Malpica, detrás de mí, me preguntó:

_ ¿te vas a tirar?

_ ¿y qué remedio, chico?

_Oye, si le entras a las piedras con la frente… ¡quedas!

_ ¿tú crees, Malpica?

_ ¡Coño, viejo, se cae de la mata!

_pero los otros lo están haciendo…; dije con poco entusiasmo.

_si, pero son mayores que nosotros como 3-4 años...

_ ¿y eso qué tiene que ver?

_ ¿cómo que qué tiene que ver?, ¿estás jodido o qué? Me espetó Malpica con cara de estar conversando con La Momia.

Como no tenía otra cosa que decir, pues le dije:

_Bueno, si ellos lo hacen, yo también, ¡coño! Además, Malpica, ahí está Aracely con Ofelia y sabes que estoy muerto por ella…no puedo quedar mal.

Me refería a Aracely Agüero, mi eterna enamorada que ejercía tanto gobierno de mi persona que me quedaba mudo en su presencia y las palabras desaparecían de mi boca.

_ ¡Allá tú, compadre!

Sin entrar en detalles fui uno de los últimos en lanzarme a lo que me parecía una muerte segura pero inevitable. Con mis dedos de los pies aferrados al propio borde del techo de hormigón, miraba aterrorizado el vaivén de las olas golpeando el muelle bajo el piso de las casetas y las rocas que podían verse bajo la superficie.

_< ¿será posible que Dios me llame aquí mismo?>, pensaba con mi batallar interior. Y ya casi al decidirme a…desistir, los chiflidos lo impidieron y me lancé…

Por suerte, el “barrigazo” impidió que me golpeara con fuerza, solo sentí un ardor del carajo en las palmas de las manos y en las rodillas. Felizmente mi vida no terminó ese dia y recibí los cuidados de Ofelia ( insigne enfermera), su mamá ( la chaperona de Aracely) y de la misma Aracely que me observaba embelesada pero desaprobadora mientras me prestaban los primeros auxilios envueltos en mercuro cromo, agua oxigenada y algodón estéril en la meseta de la Colonia. Varios más nos rodeaban y me daban ánimos a su forma, a veces groseramente que no transcribo. Pero, realmente, mi estupidez de ese día, que no sería la última de mi juventud_, tuvo un final feliz, de película.

No obstante el episodio que narro y que sucedió justo como les cuento, no fue el fin de mis constantes devaneos entre lo razonable y lo irrazonable. El deseo del adolescente de sobresalir por encima de los demás en su propio beneficio se convierte en una rutina, en una obsesión y se aprovecha cualquiera de las oportunidades al alcance para materializarlo. Pero no solo importa sobresalir, sino demostrarles a los demás que tienes cojones para vivir sin cumplir las reglas. Es como un pase a bordo al mundo de los adultos, es un sello, una marca registrada. Es el propósito medular. Si tomas el autobús, viajas colgado de la puerta poniendo en riesgo tu vida y la del chofer; si entras a una sala de cine, colocas los pies sobre el espaldar del frente molestando a los demás; si estas en la biblioteca, hablas como un demonio y el Shhhhhhsss de la responsable solo sirve para alzarle un dedo.

Cuando eres un adolescente, la Teoría de la Influencia del Grupo es una pauta a seguir y aceptas las pruebas por más estúpidas y arriesgadas que te parezcan. Aún cuando entiendes que es una tontería humillante, la aceptas para continuar formando parte del grupo y que no te discriminen.

En ese grupo, al que pretende ingresar y formar parte el adolescente, se respira una atmosfera de desafío constante. Sus líderes la pasan inventando toda una serie de pruebas para los principiantes y aspirantes. Eso consolida su posición; es una idea viciada. Las bromas pesadas, los apodos y otras humillaciones son comidilla diaria que deben enfrentar aquellos que deben ser aceptados.

El adolescente ha de ser “seguido” constantemente por los padres. La comunicación con él no puede ser interrumpida a pesar de que sus pesadeces caen como puntapiés. Es importante saber cómo va elaborando sus conceptos éticos y estéticos; inclinaciones, gustos, anhelos y deseos. Mostrarle confianza y lograr que confíe en nosotros es de capital importancia para su futuro. Piense alrededor de este tema. Casi todos tenemos un adolescente cerca a quien podemos ayudar a encontrarse a sí mismo y forjar su personalidad sin arrepentirse después. Ese es el fin a seguir.


Jorge B, Arce

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