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lunes, 7 de noviembre de 2011

Insaciable curiosidad temprana.

Un niño que vive junto al mar y crece junto al mar, se convierte en un fiel amante de éste y lo tiene entre sus mejores amigos de manera inconsciente durante toda esa etapa porque no es  capaz de razonar con profundidad filosófica aún. Solo sabe y siente que quiere estar junto al mar y hacer las cosas que se suelen hacer en el mar; lo hace su inseparable compañero de juegos, entretenimientos y aventuras de todo tipo, a veces hasta con riesgo para su salud y su vida.

Uno de los primeros olores percibidos en mi niñez fue el del mar, el salitre y otros olores relacionados como el del pescado, el calafate, que es una sustancia que se usaba o usa para sellar las junturas de las maderas que arman los cascos de las embarcaciones de ese material; se prepara tomando la brea como principal aditivo. Tuve el privilegio de vivir mis primeros 16 años de vida en una casa situada muy cerca del mar. Desde el portal de mi casa, situada en una elevación de roca caliza cortada a ras para permitir la calle, con acceso por una escalera de 15 escalones que daba justo a la calle, podía contemplar el mar a unos escasos 400 metros. Podía ver si estaba quieto o movidoy así determinar si tomaba mis avíos y me iba a lanzarlos bajo el muelle de Carreras. Es cierto que no estaba edificada sobre pilotes encima mismo del mar, pero a mí me bastaba con eso a vivir lejos del mar. Era una zona del litoral poblado parcialmente de casas de pescadores que le robaban espacio al mar en la pedregosa orilla erigiendo sobre troncos un retablado donde construyeron sus casas muy humildes. Eran de recortes de madera hallados aquí y allá y sus techos de planchas de zinc que sonaban grandiosamente rico para dormir cuando llovía.

Como población erigida en el interior de una bahía de bolsa, Nuevitas estaba sumergida económicamente en la dependencia que le brindaba a sus fuerzas productivas derivadas de la actividad comercial de importación de mercancías a través de 3 principales espigones separados a pocos kilómetros entre sí: Tarafa, Pastelillo y Bufadero. A través de estos se embarcaban hacia cualquier parte del mundo, principalmente hacia los Estados Unidos, el azúcar de caña embasado en sacos de yute en operaciones mayormente hechas manualmente dependiendo en cierta medida de las grúas o winches de los propios buques. También se exportaban cargamentos menos importantes de frutas tropicales, cítricos principalmente como naranjas y piñas.

El otro apéndice económico de Nuevitas, parte importante del sustento de su población era la pesca en la plataforma insular, mayormente en zonas cercanas a las inmediaciones de los cayos cercanos al Norte de la bahía, o sea, Guajaba, Romano y Sabinal. Y claro, con una pequeña población alimentada por el arribo de buques mercantes armados por americanos y griegos, mayormente, también proliferaban los prostíbulos reconocidos oficialmente con todo tipo de comodidades colaterales a la industria del óseo y el placer. También existían otros menos suntuosos o equipados pero igual de lujuriosos en ciertas cuarterías de la calle Lugareño, una arteria que nacía junto a la playita del Carbón y continuaba hacia el otro extremo del pueblo paralela a la vía férrea que unía a Nuevitas con la ciudad de Camagüey.

En este contexto socio-económico cualquier niño que creciera en medio de él estaba obviamente expuesto a realizar sus primeras correrías con estos matices y yo no soy una excepción.

El interés por el sexo en los varones comienza muy temprano en la vida. Ignoro cuánto antes o después de las damas, pero sí les aseguro que los primeros impulsos están relacionados con las personas de la familia más allegadas, con las maestras, y con los dibujos o fotos que nos caen en las manos. Es como un latigazo en el estomago y más abajo sin que se comprenda el significado. Luego se investiga, se pregunta, se mira…y después de explorar, se practica. Así de simple. Por supuesto que todo esto es en el más absoluto secreto. Acerca de este tema vemos desde que despegamos los parpados una nota de prohibiciones y tabúes que no sabemos cómo intentar tocar el tema sin que nos caigan a cocotazos o nos manden a dormir inmediatamente con la célebre frase: “…pero que niño mas pendenciero, coño!”. Pueden estar seguros que por cualquier descuido nos cae una revista en las manos donde aparecen unas rubias exuberantes con unas…que dan ganas de nacer de nuevo. Yo cazaba los momentos en que el vendedor de revistas del estanquillo se entretuviera con otro cliente para mirar de refilón las que tenía allí prohibidas expresamente para menores.  Así que lejos de ruborizarnos, el secreteo del tema nos impone un aguijón constante por saber, por ver, por tocar. Es, les aseguro, completamente insoportable.

De modo que más temprano que tarde el entorno social acompañado del proceso químico natural que lentamente se está produciendo en nuestro organismo sin que lo notemos y sin que nuestros familiares se tomen el trabajo de explicarnos, nos vamos atiborrando de cantidades enormes de hormonas masculinas que se incentivan con unos ojos grandes, un trasero bajo un pantalón ajustado, una cintura fina o unos sostenes colgados de una tendedera hasta el olor que despide la piel de nuestra compañera de clases. Es un inmenso y misterioso pequeño gran mundo que tenemos dentro y que se esfuerza por brotar y ponerse en contacto con todo el mundo circundante. Esa curiosidad que late en ti constantemente te hace acercarte a las personas, los sitios y otras alternativas que te sugieren se conviertan en una forma de saciarlas.

Un pequeño grupito de nosostros, niños-adolescentes, más niños que lo otro, después de la comida nos reuníamos a conversar en la escalinata que rodeaba entonces al cine Campoamor, situado apenas a dos cuadras de mi vieja casa. Siempre nos acercábamos a alguna pareja de adultos que sabíamos podíamos preguntarles cosas “difíciles” de responder, con la certeza de que nos contestarían sin que tuviéramos que ponernos colorados de la vergüenza si lo hubiéramos preguntado a nuestros padres, por ejemplo. Lo que no sabíamos entonces es que estos medio-adultos, medio-poca-cosas, muchas veces, la mayoría, exageraban las respuestas cuando no las tenían y nos decían los disparates mas inmensos de la vida que puedan ustedes imaginarse y que por pudor no repito en estas páginas. A nuestras preguntas surgían las más extravagantes respuestas que con el tiempo, al recordarlas, me meaba de la risa. Claro, entonces eran nuestros maestros del sexo. Entiendan ustedes que un niño tiene todo lo que posee un hombre menos cerebro; así que no sabe qué hacer con todo ese armamento y mucho menos dónde y cómo usarlo en caso de que tenga a una dama delante. Era un verdadero torbellino de preguntas y respuestas que no conducían a nada y por los “alrededores” no había nadie capaz de enseñarnos. Ignoro si estos maestros improvisados nos decían disparates para burlarse de nosotros o tampoco ellos habían visto nada parecido a eso a menos que hubieran mirado hacia atrás cuando nacieron. Frases  como esta eran las que acostumbraban a añadir de cualquiera de nosotros como presentación de nuestra virginidad de cuerpo y de espíritu.

Casi todas las noches después de las 7, hacíamos de ese espacio de la escalinata de entrada al cine, un sitio de ciertas y determinadas tertulias salpicadas de miradas furtivas a las piernas y…algo más, de las damas que subían para entrar o bajaban al salir del cine pasando a nuestro lado; algo se pegaba hasta lo de “mirones” u otros epítetos que algunas de ellas, enteradas, se encargaban de soltarnos con la cara roja de ira. Nosotros nos reíamos para soltar la presión en esos casos, costumbre que aderezaba las nutritivas conversaciones que sosteníamos que giraban alrededor de cómo lo tenían las mujeres, si así o asa ‘o o si gritaban y se quejaban cuando… y otras preguntas que no me explico de dónde las sacábamos, supongo que de otras conversaciones o de aquellos graciosos que se reían de nosotros exagerando todas sus respuestas.

Estas conversaciones provocaron que un primo que tenía, _fellecido años más tarde en un accidente de moto_, que le decíamos Masacoro de  nombre Reynaldo, hijo de una tía mía, me sugiriera una forma para enterarnos de estos particulares sin que nos estuvieran mintiendo como decía él que lo hacían nuestros maestros callejeros. Debo confesar que Masa siempre fue muy avispado, mucho más que yo. Así que confié en lo que me dijo y que consistía que en el prostíbulo de Las Puyas, situado en las carretera hacia el puerto de Tarafa, más de 1 kilómetro y medio de distancia, habían  cuartos que poseían agujeros desde donde podíamos fisgonear.

_Estás loco?, le pregunté. Y continué, si nos cogen allí…!!!.

_Nadie tiene que vernos, chico, lo haremos de noche!

Aquello era escalofriante para mí porque no me había separado de la casa a tanta distancia durante la noche. Si mis padres se enteraban estaba jodido por una temporada sin pelota, sin pesquerías, sin libros y la entrada a cintasos sería de madre. Pero estos miedos fueron mitigados por la explicación de Masa persuadiéndome de que nadie nos descubriría porque alguien le había dicho cómo y por dónde llegar al lugar exacto. Según Masa, ese alguien ya había “mirado huecos” y nadie le había descubierto. Solo había que cuidarse de la pareja de la rural que siempre iba por allí.

Lo más difícil del plan, pensábamos, era que fuésemos vistos mientras nos aproximábamos a Las Puyas, porque era un sitio prohibido estrictamente a los niños. Debido a que se encontraba a cierta distancia de la parte poblada, había un espacio sin casas, con grandes arbustos a ambos lados de la carretera, por donde teníamos que avanzar al descubierto y podíamos ser vistos por las luces de los carros que iban o venían por la misma. Decidimos que cuando descubriésemos que alguno se acercaba, nos ocultaríamos temporalmente en los arbustos del borde de la vía y al pasar proseguiríamos. Solo teníamos 9 o 10 años, lo que significaba que era una tarea extremadamente extenuante para nosotros pero la curiosidad mató al gato.

Solamente la eventualidad de que mi madre se enterara que me había acercado a aquel lugar prohibido expresamente, suponía el peor de todos los castigos y la paliza que recibiría como Premium. Respecto a mi padre no estaba tan seguro de cómo lo tomaría porque siempre estaba dispuesto a incentivar mi masculinidad embrionaria. Eran los tiempos del machismo plenamente identificado con la paternidad.

La edificación que cobijaba aquel prostíbulo, _al que nunca entré, lo juro_, estaba construida de madera y techos de planchas de zinc. Eran dos edificaciones más largas que anchas ubicadas una muy cerca de la otra. Se hallaban rodeadas por ese tipo de maleza que crece silvestre cercanas a las zonas del litoral cubano, incluidos algunos especímenes del llamado Guao y Guao de Costa, lo cual significaba un peligro porque te produce ulceraciones en la piel e inflamación, por lo que había que andar con cuidado en los espacios que tendríamos que atravesar por dentro de la maleza.

No voy a cansarlos recordando cuántos tropezones y arañazos nos dimos en medio de la oscuridad caminando entre aquellos arbustos y aguantando los quejidos del malestar y el sudor que se nos metía en los ojos a través de las pestañas. Unas de mis rodillas me ardía de un rasponazo sufrido y alterado por frotármelo con las manos sucias.

Ahora el problema no previsto era encontrar en aquella jodida oscuridad el o los agujeros anunciados por Masacoro y poder tomar una clase gratis de sexo. Era como buscar una moneda de un centavo en la arena de la playa. Nos encontrábamos moviéndonos unos tras el otro, guiándonos en la oscuridad deslizando las manos por las tablas de las paredes y buscando la luz del interior que supuestamente saldría a través del agujero del anuncio, asi que debieron ser esos sonidos los que pusieron en alerta a los que se hallaban en el interior, porque al cesar la música y las carcajadas de aquellos, supusimos que se ponían de acuerdo para atraparnos. Dos o tres sombras alcanzamos a ver al extremo opuesto del sitio donde estábamos. Pero lo que sí ciertamente hizo que casi me cagara en los pantaloncitos cortos fueron dos estampidos de armas de fuego que casi sentí en una oreja. Salimos en estampida hacia donde se hallaban unos carros parqueados a un lado del terraplén y donde quedamos petrificados porque los faros de uno se encendieron de repente.

_Pero si son unos chamas, viejo! Guarda la pistola !., le dijo un tipo al que supuestamente estaba armado y que luego vimos que era un policía de los vestidos de azul oscuro y con gorra de plato, al que cuando estuvo cerca identifiqué con el que veía casi todos los días en el bar El Sol tomando una taza de café.

_Oye, fulano, mira quién es éste, es Casimirito, de los Arce!

_Qué estaban haciendo, cabrones? ¿ Ustedes no saben que aquí no pueden venir culicagados ?.

_Seguro que estaban mirando huecos !.- dijo un  tercero desconocido desde la oscuridad.

Aquel episodio pudo haber terminado de manera fatal, como pueden imaginarse, pues supimos más tarde que la guardia rural estaba tratando de sorprender a gente que realmente se dedicaba a fisgonear las andadas de los visitantes del sitio mientras intercambiaban favores sexuales por dinero. Recuerdo que cagado del miedo y llorando, iluminado por los faros del carro patrullero que estaba allí seguramente cumpliendo con su deber, el policía me sacudió el pelo con brusquedad cariñosa, mi clásico cabello lacio a lo chino que Dios me dio y dijo:

_Ni se les ocurra otra vez hacer lo que han hecho hoy, porque las putas tienen órdenes de meter punzones por los huecos hacia afuera para acabar con los mira huecos. Así que podrían terminar tuertos!

_Ahh!, y mañana se lo digo a Casimirito, para que lo sepas, culicaga'o  , tan chiquito y mira hueco .

Por qué me diría mira hueco si al final nunca pude mirar por ninguno? No supe si cumplió su amenaza de decirle a mi padre sobre el hecho. Lo cierto es que salí sin un cintaso de aquella aventura nocturna en nuestro recorrido por Las Pullas, mi primer y único encuentro con las putas!, y las preguntas sin respuestas siguieron rondando en mi cabecita adelantadita por un tiempo más.

Jorge B. Arce

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