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domingo, 6 de noviembre de 2011

Increible día de pesquería.

Quien haya disfrutado de la pesca como pasatiempo o como aventura, simplemente, tal vez no como deporte, podrá hallar convincente la satisfacción que mi amigo de infancia y en aquel entonces, Carlos Font, quien era quizás un año o dos menor que yo, sentíamos cuando después de haber lanzado nuestros sedales ( nylons) de pescar desde el muelle alas plácidas aguas de la bahía de Nuevitas, experimentábamos esa inigualable sensación que transmite el pez que ha mordido el anzuelo en su afán de tragar la carnada ya tira del cordel con fuerza de defensa instintiva. El sedal, flácido y llevadero por la corriente en principio, se torna tenso y se desplaza por la superficie del agua hacia el fondo, siguiendo la trayectoria indecisa del desplazamiento del pez que se siente sorprendido y atrapado por algo que tira de él y no sabe por qué. Se le afloja la presión para que al boquear se trague aún más el anzuelo y su interminable deseo de morder carnadas poco confiables, se conviertan en un festín del pescador y terminar desecándose sobre las tablas del muelle. En fin, ya se ha dicho: “…el pez muere por la boca.”

Esos sentimientos los compartíamos Carlos y yo, de modo que innumerables veces nos íbamos de pesca a los lugares más cercanos, tanto como a unas 4-6 cuadras de nuestras casas. Esos puntos acostumbrados eran el Muelle de Carreras, el de La Salina y el de la cooperativa recientemente creada para “afiliar” a los pescadores y apropiarse el estado incipiente de una parte de su pesca como tributo por recibir anzuelos, sedales, materiales para nasas, etc.; artículos necesarios para la pesca que ya comenzaban a escasear.

El muelle de Carreras, un espigón de madera buscando el mar, más largo que los demás, era un formidable espigón provisto de una caseta semi-destruida pero con techo, que luego cumpliría otras funciones investigativas para mi interminable deseo de aprender; además, una vía férrea que permitía el desplazamiento de plataformas para carga y descarga de los balandros que atracaban al muelle. Recuerdo que esas plataformas las empleábamos para nuestros juegos cuando “no picaban” los peces y con trabajo porque sus ejes y ruedas se oxidaban sin el mantenimiento adecuado.

Bajo la caseta, los pilotes se entrecruzaban entre sí por tablones y en ellos nos sentábamos a la pesca con nuestros pies descalzos rozando la superficie del agua. Era un sitio tranquilo, perfecto, protegido de los rayos solares y con una brisa salitrosa de lo más rica. Allí pasábamos horas pescando Curvinos, Chopas Cagonas, Zapateros, Carajuelos y cuanto pez de bahía estuviera  cerca con nuestros finos cordeles provistos de anzuelos perfectos para eso.

La carnada la conseguíamos muy fácil porque los pescadores que Vivian en las inmediaciones atrapaba las sardinas tan pronto les veían en los alrededores y por 10  20 centavos teníamos el contenido de una de aquellas latas de chorizo español de 24 piezas. Utilizábamos el buche de las sardinas para insertar el anzuelo dentro y quedara oculto a la vista impaciente y hambrienta de los inteligentes Curvinos.

Uno de aquellos días de pesca, un sábado en la mañana, tiramos nuestros cordeles desde la punta del muelle de La Salina, no por nada, solo para variar porque era temprano y el sol no molestaba a esa hora. Era semejante al de Carreras, solo que más corto y sin las líneas de ferrocarril. Se empleaba en el atraque de los balandros que traían sal desde las Salinas El Real, de ahí su nombre. Cerca de ese muelle había un hotel llamado El Gato Blanco, que lo escoltaba por la izquierda a solo unos 60 metros y por la derecha se hallaba el Gato Negro, solo que a unos 300 metros. Este ultimo vendía golosinas en el bar, por eso a veces pasábamos a comprar algo que consumir durante la pesquería.

El Gato Blanco lo veía entonces como de una categoría más baja en comparación con el anterior; más baja, distinta aunque no podría explicarlo concretamente entonces. Hoy día comprendo que a ese sitio asistían gente de poco ganar  a gastar sus salarios en el juego de cubilete con putas y cervezas (para entonces ya las putas estaba a punto de desaparecer públicamente del mapa social de Nuevitas, que fue célebre por sus putas…puerto de mar al fin y al cabo).

Veíamos la gente entrando y saliendo y jugando en las mesas colocadas en una terraza circular sobre el mar, que era la característica principal de estos dos hoteles: construidos sobre pilotes robándole espacio al mar. Escuchábamos sus gritos exaltados a cada rato: ¡Carabina, coño! , ¡Vale dos!. Y cosas parecidas. Recuerdo que entre estos dos hoteles habían un gigantesco espacio, parte de lo cual estaba en ruinas por un fuego que lo destruyó mucho antes, un lugar que era conocido como los almacenes de Vallina, donde aparte de almacenes, habían un solarcito muy allanado donde echábamos pitenes de baseball al flojo y jugábamos a la guerra armados de nuestras armas de juguetes y repitiendo los pasajes de la guerra de USA contra Alemania y Japón.

Ratatatatatatá, Pum, pum, pum !. Muerto, te maté !. ¡ Mentiras, no me diste!. Recuerdo que nos intercambiábamos las armas esperando mejores resultados en las emboscadas que nos hacíamos entre aquellas ruinas de ladrillos sin techo. Carlos solía tener mejores armas porque su padre ganaba buen dinero, en comparación con el mío, pero sin embargo le gustaban mas las pistolas, revólveres y Wínchesteres que yo mismo me tallaba en madera copiando las imágenes de los Comics de mi tío Luis. Este fue quien me enseño como hacerlas y ensamblar sus parte pegándolas con cola de carpintero y cubriéndolas con una pintura negra que el preparaba con chapapote y gasolina. ¡Era un genio!

El sitio de pesca desde aquel lugar no brindaba las comodidades del muelle de Carreras, así que no podíamos permanecer hasta el medio día. Confiábamos en que alguna picudita hambrienta o una jiguagua  perdida por esos lares, se pegara de uno de nuestros cordeles.

Pescar desde aquel sitio tenía otro inconveniente. Como eran muelles construidos de madera sobre pilotes clavados en el fondo fangoso, con el tiempo el mar los iba destruyendo y caían y no eran extraídos por nadie. De modo que  se convertían en “muertos” así llamados por los pescadores porque se enganchaban y perdían los anzuelos por quedar depositados en el fondo del mar. Eran una verdadera molestia para quienes pescábamos por la razón antes dicha. Cuando se enganchaba el anzuelo había que cortar el nylons era grueso_ o tirar del fino con la esperanza puesta en que se partiera junto a la alambrada del sedal y perder solo esta y el anzuelo y no el nylon que era muy caro.

Así pasamos las primeras horas de aquella hermosa mañana y no había frutos excepto los mismos Curvinos y Chopas que pescábamos con un nylon más fino y cerca de los pilotes. Los sedales grandes los enviábamos lejos después de darle vueltas de impulso sobre la cabeza. De modo que mientras que teníamos dos cordeles con carnada viva lejos del muelle, nos entreteníamos con los peces pequeños entre los pilotes del muelle. En secreto nos confesábamos que queríamos vivir como los pescadores en aquellas casas sobre pilotes con el mar siempre ronroneando bajo los pies y saliendo a navegar en aquellas frágiles embarcaciones, muy pocas provistas de motor de Diesel, solo con vela y remos, y capturar un enorme pez como en El Viejo y el Mar. Así volaban nuestros pensamientos con la quietud que te abraza el silencio de la pesca y los golpes periódicos del mar en la orilla.

Otras desplazábamos nuestra vista por los botecitos anclados de los “muertos” y un poco lejos de la orilla y los muelles para evitar las “visitas” inoportunas de ladrones y chiquillos en sus travesuras hacia todo el contorno de la costa hacia la playita del Carbón, pasando por las desvencijadas casitas sobre pilotes de los pescadores y seguía hasta la Punta del Guincho, nuestro lugar preferido y donde si podía atraparse un ansiado pargo o una cubereta de 4 o 6 libras. Esa punta no nos dejaba ver más allá la bahía y se  aventuraban en el horizonte, en su mismo centro, el más grande de los Tres  Ballenatos y el mediano, el tercero lo ocultaba la entrada de la tierra en la bahía.

Desde la playita del Carbón salían los carboneros que hacían este material de los mangles de Cayo Sabinal, y en la misma lo descargaban al regreso antes de ser conducido hacia la Carbonera, un sitio que tenía el nombre porque allí se depositaba ese combustible que era la principal fuente de energía para las cocinas del pueblo,_ por los vendedores en carretones tirados por caballos.

A cada rato nos entusiasmábamos  cuando alcatraces o gaviotas se lanzaban a la bahía en puntos cercanos para atrapar alguna sardina que se aventuraba por la superficie, porque ello significaba que lo hacían huyendo de un depredador grande,  justo lo que estábamos esperando, pero…nada, nada picaba y seguíamos con nuestra atención puesta en los cordeles, moviéndoles lentamente de vez en  cuando para despertar la curiosidad del pez que esperábamos capturar.

En eso Carlos sintió que su cordel grande se movía y lo tomó en las manos listo para tirar de él en el momento indicado y así lo hizo, lo haló y se puso tenso; se nos iluminó el ánimo enseguida, me paré y fui hacia Carlos para ayudarlo si era necesario. El cordel estaba tenso pero nadie tiraba. ¡Coño, seguro se enganchó en una jata!, dijimos a la vez. ¡Me cago en 10, coño!, ¡Otra vez se jodió el nylon nuevo!, refunfuñaba Carlos.

_Qué piensas hacer ?, le pregunté.

_! Nada!, ¿qué otra cosa podría hacer sino halarlo hasta que se parta!, y continuó con las acostumbradas palabrotas que se suelen decir en situaciones semejantes.

Así que, como es natural en una situación similar, que también habíamos enfrentado otras veces, Carlos continuó tirando del cordel hacia el muelle hasta que se aflojó como si se hubiese destrabado del fondo fangoso.

_! Ayúdame, chico; me dijo Carlos;

_Parece que enganché una jata y se soltó del fondo.

De manera que me puse a tirar del cordel junto a Carlos y ciertamente lo que fuera que estaba al otro extremo, lo estábamos acercando al muelle. Era pesado y se mantenía sumergido y oculto a nuestra mirada. A poco lo teníamos junto al muelle y empezamos a levantarlo. Como he dicho antes, las aguas de la bahía no eran claras debido a su  fondo de lodo y sedimentos producidos por desperdicios humanos en las aguas cercanas a la costa. De modo que no pudimos ver lo que estaba enganchado al anzuelo de Carlos hasta que no lo sacamos a la superficie bajo el muelle. Así ocurrió con nuestro “muerto” en el cordel de Carlos Font. Aclaro que el término se refiere a un tipo de lastre que se hunde ex profeso para amarrar boyas que sirven para fondear los botes lejos del alcance de la gente de la costa. Con este lastre, el dueño del bote lo deja a buen recaudo de curiosos mientras que  alcanza la costa nadando o en una chalupa. Es una protección de los medios de pesca que se dejan en el bote. A veces, cuando nos dábamos un chapuzón en la playita del Carbón después de clases, en cueros, para que nuestros padres no supieran nada del mismo, nadábamos hasta los botes fondeados de esa manera y lo empleábamos de trampolín hasta que el dueño, si vivía cerca, se enteraba de ellos y nos empezaba a dar gritos desde la orilla y nos amenazaba con ahogarnos en la bahía. Nos tirábamos y nadábamos hacia otro y así seguía la jodedera.

Con el esfuerzo común logramos levantar el peso lastreado al cordel de Carlos y finalmente, ya junto a los pilotes del muelle lo alzamos con mucho esfuerzo porque el nylon se clava en las manos fácilmente si el peso o la presión son grandes.

Aun tengo nítidamente grabadas en mi mente la primera imagen que descubrieron mis bisoños ojos de niño: Era el torso humano de un hombre. Casi calvo, con la cabeza echada hacia atrás de manera antinatural, hacia la espalda. Ambos brazos hacia el frente, doblados por los codos y con las manos a la altura de la cara como en un gesto de defensa; las ropas eran claras, la camisa semiabierta y en lugar de los ojos solo había dos agujeros como cuencas vacías y otras huellas de mordidas de peces o cangrejos en el rostro curtido.

Los dos soltamos: ¡Un muerto!, ¡Un muerto! Y salimos corriendo dando gritos hacia la orilla del muelle; ¡Un muerto, coño!, seguíamos gritando mientras tomamos la calle Maceo hacia el bar Victoria a donde llegamos sin aliento a punto de que un dependiente del bar, conocido nuestro, nos preguntó saliendo de detrás del mostrador lo que ocurría. Y nosotros repetíamos como bobos: ¡Un muerto!, ¡un muerto! se enganchó en el cordel de Carlos, nosotros no fuimos, estaba en el fondo, estaba en el fondo! Acudió un policía por la llamada que hizo el conocido o alguien y nos obligo, tomados por el brazo, a que lo lleváramos a donde era la cosa.

Al llegar ya había otros curiosos que acudieron un poco incrédulos por nuestros gritos al estilo de “Solo en casa”, primera parte. Eran gente del hotel cercano y otros que estaban sacando el cadáver hacia las tablas del muelle. Seguíamos temerosos al policía que no nos soltaba del brazo al que se unieron minutos después otros armados de maletas y luego el coche fúnebre; bueno, el carro de muertos, como le decíamos entonces, ¡Sola vaya!

Los curiosos que se agruparon en el muelle y que los policías iban entrevistando, reconocieron e identificaron al pobre hombre hallado en la pesquerías de Curvinos por su apodo, que trato de recordar pero es imposible. Se trataba de un asiduo del Gato Blanco, jugador de cubilete y domino, un borrachín diario a expensas de su salario. Presentaba un fuerte golpe en la frente, escuchamos, que le había producido la muerte y caído al mar en plena marea llena y salido cuando lo pescaron un par de chiquillos pendencieros. Esto lo dijo el policía por la planta radial del Ford de patrulla que llego también y que era un informe a sus superiores del cuartel.

No puedo olvidar como los tipos del coche fúnebre, tuvieron que cortarle los tendones de ambos brazos para poder colocarlo dentro del féretro.

Durante una semana fuimos los chicos más celebres de Nuevitas. Aun no entiendo como coño las noticias como estas se propagaban con tanta rapidez, así  como nuestra identidad: Donde quiera nos reconocían, éramos como unas celebridades. Bueno, por una semana, después todos se olvidaron de nosotros.

Años más tarde, cuando ya no vivía en mi pueblo pero regresaba de visita a mis padres y hermana, caminaba por aquellos lugares; por el muelle de Carreras, del que solo quedaban los pilotes verticales y por el de la Salina, que había perdido más de la mitad de su largo, parecía un malecón y no un muelle; y a solas con mis pensamientos rehíce aquellos instantes de angustia y miedo a lo desconocido, a la primera vez que me enfrentaba a la muerte y su aspecto imborrable, aunque fuera el de un desconocido que quizás nunca había visto en vida. Y ahora, aun escribiendo estas memorias, no puedo borrar aquella imagen de horror aunque nunca supe si su muerte ocurrió por la mano de otro. ¡Que descanse en paz! Al menos debería estar agradecido porque Carlos y yo impedimos que se lo comieran los peces y los cangrejos y recibiera cristiana sepultura.

Jorge B. Arce

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