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martes, 24 de enero de 2012

La muerte de un viejo amigo.

¿Qué era un parque?

Si recorres la isla de Cuba desde su extremo más occidental, Pinar del Rio, hasta el más oriental, Baracoa, tomándote el trabajo de detenerse unos minutos en los pueblecitos que adornan las carreteras, obligatoriamente atravesarás si toma la carretera Central principalmente, que éstos poseen un diseño muy especial. Les llamamos parques y son espacios libres de construcción o estructuras, generalmente poblados de bancos de parques y arboles, principalmente Álamos, aunque no faltan otras especies como Ceibas, Flamboyanes y otros que ofrecen sombra al paseante que se sienta unos minutos a tomar el fresco en los días o noches más calurosas y posee el tiempo para hacerlo.

Estos parques generalmente poseen una construcción simple aprovisionada de techo abovedado soportado por columnas llamadas “glorietas”, sitio preferido en el pasado por músicos de la banda municipal _entonces en cada municipio había una_, que amenizaban los domingos de matinée interpretando danzones y danzas del pentagrama cubano. Estaba formada por instrumentos de viento mayormente, y podían encontrarse algunos de percusión y era dirigida por un director que conducía la banda por buenos caminos de interpretación.

Estas interpretaciones eran vistas de manera mandatoria, por las escuelas primarias que acudían al lugar conducidas por su claustro de maestros en días de festividades patrióticas relacionadas con nuestras guerras de independencia y nacimiento de la república en 1902, fundamentalmente y algunos estudiantes hacían algún manifiesto reproduciendo obras de la poesía cubana.

Nuevitas, mi pueblo natal, entonces era uno más de los 129 municipios que contaba con estos atributos cívicos y durante los años que marcaron mi adolescencia, ya esa glorieta estaba literalmente desactivada debido a que los actos “patrióticos” habían sido modificados en esencia y se “extirpaban” silenciosamente algunos vestigios de la etapa republicana o pseudorepublica, como le llamaban, para entronizar otros de corte socialista o europeísta. Los colores resplandecientes con que se adornaba la glorieta en su bóveda, columnas y petreles, desapareció y se cambió, malamente, por una lechada. De milagro no fueron demolidas como los frutales para sembrar la caña que produciría el azúcar que le compraría absolutamente toda al país la Unión Soviética en lugar de los Estados Unidos.

El parque de la iglesia o de la glorieta _el otro no tenía_ o del rincón Martiano o del cañón, estaba situado absorbiendo una gran parte de la “manzana” urbanística formadas por el entramado de las calles M. Gómez, J. Agüero, A. Arango y otra cuyo nombre no recuerdo porque todos les decíamos la calle de la iglesia, en referencia a que el costado Norte de esta institución se alargaba totalmente paralela a esta calle. Ocupaba la mayor parte de la manzana que compartía con un centro procesador de alimentos para escuelas primarias, la iglesia Católica y una escuela primaria. Al fondo, junto a un pequeño solar yermo fue construido un sitio de recordación de José Martí conocido como el Rincón Martiana.

En un pueblo como Nuevitas, visitar el parque, lugar de distracción, ocio y socialización era algo ordinario, normal, casi necesario debido a que había pocos lugares de distracción para adolescentes y jóvenes. De modo que si no había una fiesta popular callejera, o un ensayo de “quinces”, todos nos reuníamos allí por las noches a pasar el tiempo lo mejor posible. Se convertía en un lugar para conversar, enamorar y “apretar” por los novios a escondidas y cierta parte “reservada” para adultos muy mayores que no deseaban ser molestados por las “impertinencias” de los jóvenes.

Como los bancos para sentarse estaban situados a ambos lados de los corredores, si querías ver quién estaba en el otro extremo, te unías con uno o dos amigos a “dar una vuelta”, así le llamábamos, a completar un círculo completo del perímetro. De ese modo, en la medida que avanzabas por el circuito tenias la oportunidad de determinar si tu fuente de amor ilusorio estaba en el parque o no había llegado aún, pues la regla costumbrista era que las damas giraban en sentido contrario a los caballeros. Eso facilitaba las cosas, claro.

Escuela primaria de sexo.

El parque, por decirlo de algún modo, era el punto de socialización más importante entre jóvenes y adolescentes de ambos sexos. No existía otro lugar en Nuevitas de forma reconocida y publica que justificara los “encuentros casuales” de las parejas románticas. Era el sitio apropiado para que los adolescentes, burlando de cierta forma el control paterno, pudieran dar los primeros pasos amorosos, el primer toqueteo, besitos y apretones de senos y genitales, lo máximo que podría obtenerse en aquella época, pletórica de platonismo y de control.

El parque era el centro social más visitado y donde la gente se encontraba sin previa cita, como de casualidad. Recuerdo que había tres bancos en todo el parque_que debía tener como tres docenas_, que estaban distantes de las farolas que daban cierta luminosidad al lugar y que eran disputados por las parejitas para poder tener la oscuridad como un aliado reconocido y obvio. Era como la segunda parte de los primeros encuentros, el que justificaba que tú tocaras un poco más allá del codo o el hombro. Al abrigo de esas semipenumbras las manos comenzaban a descubrir sitios nunca antes explorados…si te lo permitían, bueno, en general lo hacían. Y entre caricia y caricia los “ánimos se iban caldeando y en el cerebro se reflejaba la imagen de la hilera de plantas sembradas muy juntas y que crecían hasta la altura de un hombre de estatura mediana y que formaban un inmejorable discreto sitio para aumentar el “curso de las investigaciones manuales”, que decididamente antes, habíamos conversado amigablemente entre bisoños y majaderos aprendices de sexo procaz e ideal para el desahogo genital masculino.

 No quiero exagerar, eso no era todo. También nos reuníamos para discutir sobre música, baile, pelota, los últimos éxitos de los Beatles…A veces nos poníamos de acuerdo para ir patinando y nos pasábamos un rato haciendo giros a gran velocidad para impresionar a nuestros futuras conquistas. Las sorprendíamos o…ella se hacía las sorprendidas y le rozábamos el cabello sin detenernos. Era una maniobra de acercamiento que casi siempre daba buenos resultados porque ya no había que argumentar nada con palabras cuando te dirigías directamente a ella. Solo preguntábamos:

_“No te molestó que te tocara el cabello, verdad?”. Y las demás palabras venían solitas, solitas.

En nuestro compinche parque solíamos planear nuestras próximas aventuras, juegos de pelota, pesquerías y maldades (léase majaderías propias de la adolescencia dirigidas a llamar la atención del otro sexo y como una forma “sana” de invertir el tiempo que tanto nos sobraba). Lo mismo nos deshacíamos en discusiones sobre en cuál de los terrenos circundantes al pueblo jugaríamos pelota, si cerca de la playa Cuatro Vientos, o la Colonia, donde había un buen espacio de arcilla blanca rodeada de salteadas matas de aroma o si en la playita del Carbón. O darnos un chapuzón y recoger ostiones de las rocas cercanas a la playa (en aquel entonces estos moluscos proliferaban por doquier; la polución causada por la humanidad no había aun interferido en su vida y desarrollo que tanto bien le propician a la propia gente). O bien competir para atravesar a nado el espacio existente entre las playas La Colonia y Santa Rita separadas por una pequeña ensenada de unos 1-1.5 kilómetros; jugar squash, ir en bici hasta el rio La Mula o el Saramahuacan…en fin, allí se proyectaban y se diseñaban esas excursiones al monte, cuevas, ríos y playas que eran los principales pasatiempos de aquel sano grupo de adolescentes y jóvenes por aquella época.

Sitio de reunión de todos.

El parque fue también un mudo testigo de las primeras detenciones de disidentes, _que entonces no se llamaban así, sino contrarrevolucionarios_, de religiosos y de homosexuales en mi pueblo. Recuerdo con nitidez que los homo tenían un banco “destinado” para ellos y sus risitas estrepitosas que adornaban sus conversaciones a distancia con el ánimo de llamar la atención a nuestro grupo que se mantenía a distancia “prudencial” para evitar “cualquier confusión de bando”, acompañada de unas miraditas de conquista que nosotros ripostábamos sacándoles la lengua, haciendo muecas y tocándonos los genitales con las manos, gesto que provocaban en ellos se “derritieran” literalmente en el banco y rodaran hasta el piso. Reconozco que algunos de nosotros se comportaban excesivamente despiadados con éstos y le hacían blanco de todo tipo de majaderías.

_ ¡Morrana, mariconsoooooooooónnnnnn!...

_ ¡Mula Ciega, mariconsoooooónnnnnnnn!...

Eran algunos de los epítetos que “adornaban” a estos muchachos, un poco mayorcitos que nosotros, más desarrolladitos, y que ni siquiera contestaban, limitándose a voltear y elevar un tanto la cabeza al mismo tiempo que entornaban los ojos hacia arriba, en forma despreciativa, un gesto propio de las mujeres cuando no les agrada un piropo.

Planeando volar solos.

_Oye, Jorge, ¿te vas a becar?

Me preguntaron una noche acalorada en el parque, pletórica de embustes que introducíamos a nuestro antojo cuando se cernía el aburrimiento en el banco. La pregunta derivaba del aciago y repetitivo tema del control paterno sobre nuestros actos: que si regresa temprano, que si no puedes quedarte después de las 10 en los bailes públicos, que dónde estabas hasta estas horas de la noche, que no vas a ir a ningún juego de pelota en Lugareño, que ninguna excursioncitas a cuevas, que ninguna pesquería en Pastelillo, que no puedes ponerte ese pantalón tan estrecho, que si tienes olor a cigarro, que si fulanita me dio quejas de que rompieron un vidrio de las ventanas jugando a la pelota en la calle frente a su casa…

_ ¿Becarme?, ¿Yo?, ¿y para estudiar qué?

_ ¡Cualquier cosa, chico!, ¡qué sé yo! En cuanto a mí, en el primer chance me beco y adiós el control de mis padres.

Había pronunciado tales palabras aquel amigo con una pasión tal que me puso a pensar. (~Realmente no se me había ocurrido antes~)

Como este intercambio de planes que, indudablemente traspasaban nuestro propio alcance de decisiones, eran algunas de las más importantes conversaciones en las cálidas noches parquesinas.

_ ¿Viste a Bertica en la escuela hoy?

_ ¿Bertica?, ¿qué Bertica? Me había preguntado alguien…

_La de los espejuelos bonitos de la Yuma, chico. ¡No te hagas bobo que todo el mundo sabe que está loquita por ti!

_Ella no está en el colegio. Respondí.

_ ¡Precisamente, viejo!, por eso te lo digo. Estaba dando vueltas durante mucho rato por la escuela y preguntando por ti.

Me aseguraba Malpica con desparpajo al mismo tiempo que se quedaba mirando a tres muchachas que juntas nos pasaban por delante en medio de la clásica “vuelta al parque”, mientras miraban hacia nuestro sitio cuchicheando por lo bajo en medio miradas de invitación, algo así como: “Mírennos, guanajos, ¿no ven que estamos preciosas mirándolos a ustedes y no nos dicen nada?”

_ ¡Armandito!

_ ¡Malpica!

Dijo una de ellas.

_ ¡Vaya, Malpica, vaya!, ¡No te puedes quejar!, ¡Tres, no una, tres para ti solito!...

Malpica, ruborizado como un tomate expuesto sobre un picador a punto de ser cortado en dos por un cuchillo afilado, se bajo del espaldar del banco donde estaba sentado (algo muy común y muy “macho” que teníamos acostumbrados a hacer mientras no nos sorprendía un inspector de áreas verdes), y se acercó a ellas como res hacia el matadero. Al regresar lo acosamos a preguntas:

_ ¿qué te dijeron, cuenta?

Malpica, el más avezado en Matemática, trataba de deshacerse del tenaz interrogatorio.

_Nada, que querían decirnos que iban a seguir dando vueltas.

_Bueno, ¿y eso a mí que me importa?

_No seas bobo, chico, es como una invitación para que las acompañemos en las vueltas.

_ ¿qué esperamos?

Y con situaciones como esa continuaba la tertulia.

_ ¡Gong!, ¡Gong!, ¡Gong!..(Hasta nueve campanazos del reloj de una de las torres de la iglesia. Era la hora que significaba que las muchachitas empezarían a “desfilar” hacia casita, era como el final de una buena película que uno no quiere que termine nunca. Para nosotros casi, pues el permiso de estar fuera era siempre hasta las 10 y contaba el regreso.

_Ufff, ya esto se empieza a congelar…lo mejor que hacemos es ir echando…

Así terminaba otra jornada parquesina más. Iniciábamos el movimiento de regreso a casa pero  antes nos deteníamos junto al gran cañón antiguo que presidía la plazoleta justamente frente al ayuntamiento y nos “metíamos” los últimos “paquetes” de la noche.

El cuentero.

En el parque, durante la noche, también se reunían otros persones más pintorescos. Había un hombre cincuentón del que no alcanzo a recordar su apodo (porque, déjenme aclarar que en Nuevitas todo el mundo casi nacía con un apodo. Llamémosle Gastón, para referirnos a ese recuerdo en esta historia. Era como  una bienvenida al barrio, era un pseudónimo callejero). Este sujeto era un verdadero narrador de historias e historietas. No le prestábamos mucha atención porque pensábamos que eran todo producto de su delirante cerebro. A mí me agradaba su aspecto físico porque no destilaba mal olor como otros solitarios del barrio. Tenía la piel cuidada y la cara marcada de acné juvenil mal cuidado y describía interesantes historias donde encajaba como un protagonista de cine. No puedo negar que hilvanaba sus historias a partir de nuestras preguntas, que por lo general significaban el pretexto con el cual rompíamos su soledad en el banco donde acostumbraba a tomar asiento.

En ocasiones se hacía acompañar por una mujer de su edad que vestía de forma llamativa, pero que no impedía que cuando pasábamos a su lado en nuestra “vuelta”, nos hiciera señas.

_Vengan, vengan, no hay problemas con la dama.

Aquella mujer debió ser una puta activa…o lo era;  su aspecto era revelador.

_ ¿Nunca han visto a una prostituta?

Fue el saludo de Gastón esa noche que se mostraba más eufórico de lo acostumbrado. Por supuesto que nos quedamos enmudecidos y no nos atrevíamos a mirar la cara de la Lady. Sin embargo ella sonreía como si estuvieran hablando de otra persona y me ocupé de “taladrar” con la mirada su exuberante escote que me permitía apreciar algo más de lo acostumbrado.

_Siéntense.

Había dicho Gastón sacándome de mi embrujo al mismo tiempo que lo maldecía porque me estaría saliendo de mi posición ventajosa justo frente a la mujer de senos lujuriosos cuyos pezones increíbles y erectos luchaban a brazo partido por salir al exterior y gozar también de una rica brisa marina que me acariciaba la espalda.

Durante los interminables relatos que iniciaba Gastón, ella solía bostezar discretamente y sonreía con la boca un tanto torcida y movía la cabeza afirmativa o negativamente de acuerdo a la narración. Sus piernas eran un poco delgadas para mi gusto, pero poseía buenos muslos y unas caderas impresionantes. Vestía con mal gusto y muy ceñido y el maquillaje era desproporcionado, devolviendo una mirada extraviada a las nuestras cargadas de lujuria incontenida que apenas nos permitía prestar atención. Gastón se daba cuenta de nuestro desinterés por su historia y de qué le robaba la atención de la sala y nos mandaba a seguir nuestro camino un poco jodido por el desplante.

_Largo, largo de aquí, patanes, vayan a pajearse detrás de las matas…

Nos marchábamos entre excusas a Gastón pero maldiciéndolo porque nos había privado del show.

El militar.

Otro de los personajes era un viejo militar que contaba relatos horripilantes de heridos con las tripas afuera o piernas cercenadas por disparos de gran calibre que había visto en la guerra de Corea como voluntario en el cuerpo de marines. En otro relato era un escolta de un comandante de la Sierra Maestra en la columna de Fidel y en otros navegaba en un acorazado del Navy. Nosotros imaginábamos que eran invenciones o copiadas de los Comics y que convertía en cuasi realidad propia arrastrado por planes frustrados o algo por el estilo, pero nos dejábamos llevar por sus relatos que contaba con animado estilo propiciando sonidos onomatopéyicos espectaculares nunca antes escuchados de garganta humana y cuando no seguíamos el relato con preguntas como…

_Y qué pasó con el capitán del barco…

Entonces se enojaba y vociferaba que no le estábamos prestando la atención respetuosa que se merecía un veterano de dos guerras. Lo cierto es que se las ingeniaba para desviar nuestra atención de los pechos y las piernas de las muchachas que pasaban a nuestro lado, con toda una suerte de sonidos de explosiones, ametralladoras, bayonetazos, caídas de aviones y gritos de dolor de los prisioneros que cargaba a su espalda para salvarles la vida. Lo que más me maravillaba de su elocuencia era la capacidad histriónica y su facilidad para hacer coherentes sus relatos y la concatenación del siguiente con el último de los escuchados de sus propios labios. ¿Cómo se las arreglaba para hilvanar las historias tan disímiles?...

Un día conocimos de su desaparición. Habíamos preguntado por él a otros que en ocasiones disfrutaban de su compañía en el parque y sólo pudieron darnos la dirección donde vivía, un humilde cuartucho en una cuartería cercana al puente de Tarafa. Hasta allí fuimos preguntando pero los vecinos nos dijeron que no sabían de él

El cañón del parque.

Ya me referido a él. Encima, a horcajadas, nos sentábamos después de las campanadas de las 9 para decirnos las últimas mentiras y las conquistas de chicas. Como los cuentos del veterano guerrero, nos convertíamos en sus imitadores narrando pequeñas e incoherentes historietas absurdas de escenas de sexo inventado por nuestras calenturientas mentes producto del inaguantable torrente de testosterona que circulaba a raudales por las arterias. Y yo contaba mi última conquista en Camagüey, en ocasión de haber ido con mis padres a visitar a un hermano de mi padre llamado Orlando que vivía en la calle Onda. Era  muy linda. Su padre tenía aspecto de rico empresario siquitrillado por la revolución pero que todavía tenía un increíble Cadillac negro Cola de Pato. Su nombre era Pochi. Una muchacha delgadita, de pelo lacio negro y cortado a la moda de una cantante italiana de entonces y que tenía su propia cámara fotográfica con la que nos hizo la primera foto donde yo aparezco rodeando el talle de mi chica con mi brazo; inusitado para la época. Y Abelardín me seguía y relataba otro contacto amoroso preñado de lujuria con cero detalles personales y con muchos detalles de revista porno. No me avergüenzo en absoluto de aquellas conversaciones donde siempre quedábamos muy bien parados como galanes de TV. Era muy importante alcanzar la cima del sexo desconocido aunque solo fuera en relatos imaginados pero compartidos que siempre eran perfeccionados en base a las críticas pero obvias preguntas que nos hacíamos entre todos. Relatos que a veces teníamos que interrumpir de súbito porque alguna de nuestras maestras que circulaba junto al gran cañón nos reconocía y se detenía momentáneamente a saludarnos y jodernos el cuento que después de la brusca interrupción ya no tenía igual sabor. Eran relatos llenos de fantasía que siempre cultivé y que me proporcionaban un sitio muy íntimo necesario a soportar algunas crisis que me deparaba la vida en su accidental curso.



Las ceibas.

No quiero rematar esta crónica sin referirme a un particular personajes del parque de Nuevitas: Tres viejas ceibas que debían contar algunos años de plantadas a juzgar por su frondosidad, justo al costado colindante con la calle Joaquín Agüero, la misma calle donde vivía Bárbaro O ‘Brian, el benefactor de nuestra placa de The Beatles.

No tengo nada en contra de estos árboles,, parientes cercanos del Embondero africano, pero ciertamente ofrecen más daño al sitio donde estaban plantadas que beneficios porque sus raíces destruían el pavimento y no ofrecían sombra excepto en algunas contada semanas antes de perder todas sus hojas. Sin embargo, el beneficio que mayormente prestaban era el de dar cobija a ciertas ofrendas religiosas de determinado grupo religioso en forma de pequeños envoltorios con cintas rojas como lazos, pollos negros muertos, cabezas de chivos sacrificados desangrados en medio de rituales paganos, cabezas de gallina, huevos, pescados…en fin, toda una alacena de alimentos con otros fines. Como chicos muy inquietos, nos dedicábamos a eliminar toda esa parafernalia sacándolas del lugar y arrojándolas a la basura, no por el acto lúdico, sino por desafiar a las leyes de la oscuridad que advierten que sufrirán los que toquen la brujería. Nos parábamos en la pierna izquierda y con la mano izquierda la tomábamos y la lanzábamos lejos. El asunto para romper el hechizo consistía en separar la brujería de las raíces de la ceiba que era q

Epílogo.

Al cabo de los años, cuando inevitablemente en mis visitas a Nuevitas, donde ya no residía desde 1968, frecuentaba el lugar y todo permanecía igual. Las tres ceibas estaban allí, más o menos del mismo tamaño, pero sus raíces habían destruido escalinatas, muros y calles; tal vez en venganza porque unos chicos traviesos e irrespetuosos del credo ajeno, se encargaban de imposibilitarles la bendición de su “sombra” a la fe de otros.

La glorieta sigue en pie, agrietada y con una mano de cal en lugar de pintura (es que el bloqueo imperialista no permite hacer pintura en Cuba porque no hay pigmentos). Los Álamos también están allí, mal recortados pero brindando sombra y complicidad a eventuales amantes (ya no es como antes; ellos no pierden el tiempo “calentándose” sentados en un banco de hormigón pudiendo meterse en una posada libre de prejuicios.)

 Tampoco da cobertura a historietas de combates navales. Ya no hay grupos de muchachas vestidas recatadamente, tomadas de la mano, dando una vuelta contrario al sentido de los muchachos, preocupadas por coquetearle al chico que aman en silencio y que es tabú declararle esa pasión.

No hay chicos revelando sus planes, ni ideando sus juegos o excursiones, ni metiéndose paquetes de mentira de forma generosa y mucho menos haciendo piruetas y malabares de destreza en sus patines de ocho ruedas de hierro a 10 km/h rozando el cabello de sus chicas preferidas.

 Y el cañón de bronce (no consigo comprender cómo no ha sido sustraído por los contrabandistas de metales), está en el mismo sitio, imperturbable, mostrando un desafío al tiempo, a los siglos. Quizás preguntándose por qué ahora no hay chicos mal hablados, mentirosos y mal pensados que no galopan sobre él en un franco desafío a las reglas de los inspectores de parques y áreas verdes, y lo han dejado solo. ¿Dónde estarán esos chicos voluntariosos?, ¿a dónde han ido?, ¿por qué no regresan?

Y ¿qué significado tiene un parque público sin las personas que lo disfrutan?, ¿qué demuestra su soledad?, ¿por qué los jóvenes no lo llenan de algarabía y desenfado los sábados y domingos sobre todo?, ¿qué demuestra su apacible soledad y desuso?

Recorrí con la mirada todas sus esquinas, bancos y arboles de pie junto a una de las escalinatas que le dan acceso. Solo vi esa soledad inexplicable.

 Observé el busto de Martí en el Rincón Martiano, la ausencia de ofrendas florales, ni siquiera una flor de Amapola solitaria; la fuente y el surtidor privados de agua y llenos de basura y de heces humanas junto a restos de papeles de periódico Granma usados sanitariamente. Eché andar mientras silbaba una tonada triste ♪♪♪ y me detuve frente a la entrada a la iglesia, descascarada, lúgubre, sucia, abandonada; con su mudo reloj viejo aliado de nuestros padres y sus patrones de conducta. Suspiré en silencio. Paradójicamente aquellas reglas que aborrecía las encuentro llenas de sabiduría maternal.

Tomé asiento en uno de los bancos donde acostumbrábamos a sentarnos mis amigos y yo y reviví aquellos tiernos momentos de mi vida llenos de inocencia y ansias de vivir. Pasaron, como por encanto, decenas de instantes felices y tristes. Sacudí la cabeza sin entusiasmo por la vida. Reparé de nuevo en el Rincón Martiano y pude ver con claridad uno de los finales a las paradas conmemorativas al 28 de enero, nacimiento de Martí. Me vi con mi camisa blanca, mis zapatos colegiales negros, mis pantalones cortos, sosteniendo una rosa para depositarla a los pies del Apóstol cuando llegara mi turno. No había ninguna pañoleta roja en mi cuello, solo una corbata negra con las iniciales del nombre de mi escuela. No hubo gritos de Patria o Muerte, ni loas al Socialismo y a Fidel. No hubo gritos de guerra o de odio contra el imperialismo, solo la presencia silenciosa de pequeños niños reconociendo al más claro pensador de los cubanos.

Regresé a la realidad. Dirigí una última mirada a mí alrededor y descubrí que mi parque estaba muriendo.

Jorge B. Arce






1 comentario:

  1. Este parque, el de la iglesia, como ha sido por años conocido en ese pueblo situado al Norte de la provincia de Camaguey, Cuba, constituía un sitio de "reunión" social distintivo. Como él, existen en todos o casi todos los pueblos de Cuba y hasta en la capital; sin embargo, éste, el mío, tenía lo que no tenían los demás, no sé exactamente cómo describirlo, pero estuve en otros durante ese tiempo y ni de cerca.
    Pienso que cualquiera pudo tener, como yo, un parque privado. Mis amigos y yo contábamos con ese privilegio: era nuestro parque y nos sentíamos en él a nuestras anchas. No había casi teléfonos, ni soñar celulares y ni siquiera se había inventado la computadora personal, de modo que para reunirse se necesitaba un medio, un instrumento como mi parque. Era quien se encargaba de mantenernos juntos, unidos e informados. Era nuestro inseparable y confiable confidente. No lo podré olvidar nunca

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