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domingo, 12 de febrero de 2012

La cueva de Vasallo


Aquellos que han vivido tantos años como yo he vivido, posiblemente a esta altura de la existencia han comenzado a repasar ese sinuoso camino que se traza con decisiones propias y de otros. Cuando uno llega al límite inicial o de entrada a la última etapa de la existencia humana, comienza a sentir sensaciones que no habías experimentado antes. Inexplicablemente, sin comprender cómo o por qué, sin previo propósito, se reproducen en la conciencia sucesos que hemos vivido mucho antes y con todo lujo de detalles.

Asumo esta afirmación en plural porque previamente he intercambiado estas vivencias con otros un poco mayores que yo.

Lamentablemente no todas esas reproducciones son felices; afloran algunos acontecimientos en los que he tomado parte directa o indirectamente que de tener oportunidad evitaría que ocurriesen o los asumiría  de una forma inteligente y responsable. Al llegar aquí, alguien sarcásticamente pensara que imagino haber inventado el “agua tibia” y confieso que no me propongo descubrir nada que otro no lo haya hecho antes.

Y decía que estas memorias de archivo de mi “disco duro” las asumo de la manera más gráfica, ilustrativa y enriquecedora. Por ejemplo me ocurre que bruscamente, aun absorto en mi trabajo, recuerdo con sorprendente claridad, sucesos que me ocurrieron hace mas de 45 años y me asombro del la indiscutible nitidez de imagines, sonidos y hasta olores. Asumo que no puedo explicarlo consecuentemente. Hace apenas unos minutos recordé una insignificante aventurilla de mi adolescencia que pudo convertirse en algo más que eso y de inmediato me decidí a tomar nota de los aspectos más importantes y luego darle cuerpo.

Este es el relato de uno de los hechos más significativos e insensatos de mi adolescencia.

Estudiando la escuela secundaria los alumnos casi que miramos “por encima” del hombro a los demás alumnos de la primaria. Uno de los elementos exteriores que los diferenciaba por aquellos días era que los secundarios carecían de uniforme escolar y los primarios no. La originalidad y la iniciativa descabellada de los primeros en la forma de conducirse y de burlarse de los más chicos, los hacía aun más visibles y diferenciables.

El sistema de estudios había establecido unos grupos de exploración de diferentes disciplinas del saber a fin de estimular las inclinaciones vocacionales de los alumnos y eran llamados “círculos de interés”. Había varios organizados y recién funcionando cuando ingresé al séptimo grado y de inmediato me alié a los que me interesaban. El de Espeleología y Meteorología fueron los primeros en los que hice mi estreno.

¿Quién con esa edad no se siente atraído por entender el misterio de los truenos, las nubes, las turbonadas, el viento o las cuevas y cavernas, explorarlas, vibrar de emociones y aventuras durante la misma? Yo era uno de ellos y empecé enseguida a recibir entrenamiento teórico-práctico.

Dos veces por semana, en la tarde, nos reuníamos el grupo, _que a decir verdad solo sumábamos cuatro varones y dos niñas, recibiéndonos información elemental sobre esta materia, así como su relación con la Antropología y la Arqueología.

La práctica se centraba en dominar el uso de medidas de primeros auxilios, supervivencia a oscuras, orientación, uso de cuerdas y rondanas o polipastos y mapas topográficos.

Ignorando consecuentemente con las precipitaciones propias de la edad, durante las clases pasábamos mucho tiempo soñando con el dia en que hiciéramos la primera expedición a una caverna. Los instructores nos decían indirectamente, que se había filtrado la noticia de que el grupo lo haría como performance en la Gran Caverna de Santo Tomas, ubicada en la Sierra de Cubitas en Camagüey y nos soltaban algunos elementos característicos de la misma por adelantado para incentivar nuestro interés.

Después de dos largos meses para nosotros, llego el momento de partir hacia el sitio a explorar. A pesar de que sabíamos que el sitio estaba explorado y vuelto a explora y hecho el “levantamiento” de la caverna y que solo se trataba de una excursión de aprendizaje, no podíamos evitar la emoción por tocar con las manos lo desconocido y la efervescencia de la aventura. El proyecto concebía dos días por encontrarse en una zona de difícil acceso, lejos de Nuevitas y porque se requería del primero para el traslado y campamento y el segundo para el descenso, levantamiento parcial y regreso.

Cuando llegamos al sendero de acceso al anfiteatro o boca de la caverna de Santo Tomas, no salíamos del asombro que nos causo la grandeza del lugar y de la propia caverna. No me refiero a su longitud de alrededor de 20 Km explorados, sino de la bóveda del techo, la amplitud del salón donde se podían albergar 300 personas sin problema ninguno. El asombro se debía a que los contactos visuales que habíamos tenido con cuevas, se trataba de furnias y no de la majestuosidad de aquella.

Justamente en aquel enorme salón organizamos el campamento como era de rigor, agua, víveres, medios de salvamento y auxilio médico, efectos personales y otros. Allí dormimos como pudimos aquella noche de sábado salpicada por el vuelo nocturno de algunos murciélagos que pasaban volando rozándonos la cabeza.

A pesar de que la expedición no podría olvidarla nunca, el acto más memorable fue el descenso en “campana” desde el salón a la gruta principal por medio de la cual anduvimos más de 5 kilómetros y medio, punto en que los instructores decidieron regresar por razones del tiempo de recogida y regreso. Eso significo descender verticalmente sujetos a una cuerda por un rudimentario arnés (cuando veo los actuales me digo a mi mismo que con ellos nos hubiéramos reído de aquel descenso que nos hizo tragar saliva en seco. Los medios de iluminación también eran muy rudimentarios y casi todos con remiendos e inventos caseros para que funcionaran, el más apropiado y seguro fue la lámpara de carburo que llevaba consigo la instructora.

Como se dice, aquella expedición solo logro que mi deseo de explorar cuevas se encendiera hasta el techo, mas aun sabiendo que como aquella, no se iban a producir ninguna otra por el momento. Bárbaro O’Brien pensaba igual que yo y decidimos hacer nuestros propios proyectos recopilando el material disponible e imprescindible para ello.

Teníamos cierta noción de la ubicación de una pequeña cueva a la que se le conocía como la Cueva de Vasallo, en honor a su cercanía con una playita del mismo nombre.

_No será difícil para nosotros encontrarla, Bárbaro.

Le había dicho en mi tenaz insistencia de lanzarnos a buscarla de inmediato. El lugar que rodea la playita por el Sur, es un área de monte que se eleva ascendiendo desde el mar. Los arboles son pequeños y no hay elevaciones mas allá de la vía férrea.

_ ¿Tú crees?

Dudaba Bárbaro.

Quedamos en encontrarnos en el apeadero de No. 1, a un poco más de medio camino hasta el sitio donde esperábamos encontraríamos la mencionada cueva. Allí estuve esperando por mi amigo que no llegaba y la tarde avanzaba en su andar, por lo que temiendo que la noche nos sorprendiera, empecé a andar por la vía férrea a paso moderado dando tiempo a que Bárbaro me alcanzara a medio recorrido.

Una vez llegado al área comprendí que empezaría la búsqueda sin la ayuda de mi compañero adelantando lo más difícil: Hallarla.

A mi derecha tenía el lánguido cocal paralelo a la playita, acompañados por unos techados con guano propicios para protegerse del sol abrazador del verano a los playistas. A mi izquierda, de forma ascendente hacia el Sur, la cuesta se empinaba salpicada de pequeños arboles costeros de escasa estatura. ¿Dónde buscar primero?, ¿en qué dirección? Razoné que debía comenzar la búsqueda apoyado en ciertas características propias al sitio donde se abre un agujero en la tierra, es decir, amontonamiento de rocas o de arboles que se desmarcan del contorno. Resultaba difícil poder apreciar esas características en derredor, así que decidí remontar el terreno hasta llegar a un sitio más elevado que me facilitara la exploración. Al hacerlo comprobé que tenía razón, y más rápido que lo esperado había visto un par de sitios que reunían los requisitos de probabilidad. Me dirigía al más cercano y con sorpresa encontré la gruta bajo las raíces de un arbolito que había crecido en la parte más alta del sitio empinándose por encima de los demás. Al parecer algún grupo de chivos (cabras) frecuentaba el sitio a juzgar por las trazas de sus característicos excrementos resecos justo en la misma entrada. Probablemente el boquerón les protegía de la lluvia en algún momento pues la altura del techo no permitía a un hombre ponerse erecto pero sí a una cabra.

Al iniciar el examen de la entrada pude descubrir un par de ojillos que me miraban desde la oscuridad interior. Enseguida supe que se trataba de una jutía, la que asustada por mi presencia se adentró en la gruta escapando de mí. Su sola presencia me hizo recordar que la atmósfera del sitio era respirable; es poco probable que los animales se adentren en espacios cerrados como esos cuando el aire está mezclado con sustancias toxicas provenientes de diversos emisores. Llegué en cuadrupedias hasta el pequeño pasadizo por donde había perdido de vista al roedor. Por ese no podría proseguir, así que encendí mi linterna y busqué hacia la derecha e izquierda. Tropecé con un pequeño túnel y me introduje por él, que por su estrechez solo me permitía continuar a rastras. Me moví unos metros más y se fue ampliando para mi comodidad; ya podía moverme en cuadrupedias. El techo era plano y el piso polvoriento con pequeñas piedras aisladas. Al percatarme de que me había desplazado varios metros sin marcación de la ruta volví la vista atrás en busca de la luz de la boca de entrada. No pude ver el contorno de ésta, pero si el resplandor de la luz solar que penetraba en la gruta, por lo que no me había desviado tanto. Traté de encontrar un objeto que me permitiera atar mi cuerda de ruta para proseguir cuando un leve zumbido seguido de un estremecimiento de todo a mí alrededor me puso el pelo de puntas. ¿Qué demonios era aquello? Ciertamente era un temblor y finos hilos de tierra y pequeñas piedritas del techo se desprendían por todas partes… ¡Esto se jodió, coño!, pensé y empecé a desandar el camino a la mayor velocidad posible lo que me produjo varios rasguños y un golpe en la frente con el techo. Al llegar a la entrada todo había cesado de repente como había empezado… ¡por suerte!

Me así de las raíces del arbolito de entrada y me lancé hacia afuera a respirar aire puro que no alcanzaba penetrar en mis pulmones con todo el ambiente enrarecido por el que se precipitaba desde el techo hacia abajo. Estaba cubierto de él y mi respiración era entrecortada y tenía un susto del carajo. Por suerte un pequeño grupo de chivos rumiaba cerca y me miraron con aire de incredulidad al verme emerger desde el centro mismo de la tierra_ lo que precisamente estaba pensando en medio de mi sobresalto_. Sentado en el suelo tratando de dominar mi pánico la presencia de esos rumiantes fue un gran alivio.

Después de que mi corazón volviera a la “normalidad” después de haber estado a punto de salir por mi boca y lanzarse a la carrera para protegerse, solo sentí una necesidad instintiva de alejarme de aquel hueco funesto que por poco acaba con mi insistencia pues ya me imaginaba mi cadáver aplastado por las rocas y la tierra caídos del techo por el temblor de tierra. Era eso lo que pensaba mientras bajaba la cuesta sin una idea precisa hasta tropezar con la vía férrea que era mi camino de regreso. Y  el cabrón de Bárbaro brillaba por su ausencia y su recuerdo me hizo comprender que es un rotundo y descabellado peligroso error hacer lo que había hecho. NO puede bucearse ni explorar una cueva sin compañía.

Había desandado mis pasos hacia Nuevitas cuando el sonido de un tren acercándose me obligó a abandonar la vía y hacerme a un lado. Era un tren de pasajeros que se acercaba desde la ciudad de Camagüey y al pasarme cerca el terreno tembló a mis pies… ¡Mierda!, fue un tren lo que hizo temblar la tierra mientras estaba dentro…La cercanía y la dirección de la gruta convergían a la vía. ¿Cómo no me había dado cuenta?

De regreso me juraba que nunca más haría una cosa como esa_ por supuesto que ese juramento lo incumplí_no una, sino varias veces. Sin embargo aprendí la lección.

Al siguiente día, en la escuela, me tropecé con O’Brien.

_ ¿Qué hiciste ayer cuando no llegué a la cita?

_Nada. Me fui a empinar papalotes…

_Pero…si no hacía viento suficiente…

_Si, ya sé, pero me las arreglé sin un amigo embarcador…

Jorge B. Arce

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